A
veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir
con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es
solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de
algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan
inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo.
Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad,
quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco
inteligente.
Sin
embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más
rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos
experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de
enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la
vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de
vivir» (Karl Tillmann).
Dar
significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico.
Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad,
solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.
Necesitamos
todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin
recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre
sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede
hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza,
acogida o cercanía.
Muchas
veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso
de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a
levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de
apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que
bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda
parecer. Se llama Dios, nuestro Padre. JAP
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