Dios nos habla
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“Dijo Jesús a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí,
no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la
encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe,
recibe a Aquél que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá
la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá
la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque
sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo,
no quedará sin recompensa»” (Mt
10,37-42).
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“Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en
Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos
sepultados con Él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria
del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. Pero si hemos muerto con Cristo,
creemos que también viviremos con Él. Sabemos que Cristo, después de resucitar,
no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre Él. Al morir, Él murió
al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también
ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (Rm 6,3-4.8-11).
Reflexión
“Parece duro y grave este
precepto del Señor de negarse a sí mismo para seguirle. Pero no es ni duro ni
grave lo que manda aquel que ayuda a realizar lo que ordena. Es verdad, en
efecto, lo que se dice en el salmo: Según tus mandatos, yo me he mantenido
en la senda penosa. Como también es cierto lo que él mismo afirma: Mi
yugo es llevadero y mi carga ligera. El amor hace suave lo que hay de duro
en el precepto.
Todos sabemos de qué no es
capaz el amor. El amor es no pocas veces hasta réprobo y lascivo. ¡Cuántas
cosas duras no tuvieron que tolerar los hombres, cuántas cosas indignas e
intolerables no hubieron de soportar para lograr el objeto de su amor!
Pues bien, siendo en su
mayoría los hombres cuáles son sus amores, ni es preciso preocuparse tanto de
cómo se vive cuanto de saber elegir lo que es digno de ser amado, ¿por qué te
admiras de que quien ama a Cristo y quiere seguir a Cristo, amando se niegue a
sí mismo? Pues si es verdad que el hombre se pierde amándose, no hay duda de
que se encuentra negándose” (San Agustín
de Hipona, Sermón 96).
Nosotros le hablamos
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Cantaré eternamente el amor del Señor, proclamaré tu fidelidad por todas
las generaciones. Porque Tú has dicho: «Mi amor se mantendrá eternamente, mi
fidelidad está afianzada en el cielo» (Salmo
88).
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“Dios nuestro, que por la gracia de la adopción quisiste hacernos hijos
de la luz; concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error, sino
que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del espíritu Santo, y
es Dios, por los siglos de los siglos” (Oración
Colecta).
Nuestra vida cambia
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¿Cómo es la jerarquía de nuestros amores? ¿Amamos a Dios sobre todas las
cosas?
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¿Trato de morir a mi egoísmo para vivir del amor a Dios y al prójimo?
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