lunes, 29 de junio de 2026

La memoria que no se apaga…

Este año mi padre hubiese cumplido 98 años.

Y me descubro pensando que la ausencia no borra, solo cambia de forma. Su voz ya no se escucha en la sala, pero resuena en los consejos que sigo repitiendo. Su presencia ya no está en el sillón, pero se siente en los gestos que heredamos sin darnos cuenta.

A muchos nos pasa: llega un cumpleaños, una fecha marcada, y la memoria se convierte en oración. En medio del ruido de la ciudad, el recuerdo se vuelve refugio, y hasta un abrazo.

Cristo nos enseña que el amor es más fuerte que la muerte.

Por eso, aunque nuestros padres ya no estén, siguen caminando con nosotros. Están en la fe que nos dejaron, en la esperanza que sostuvieron, en la raíz que no se seca.

Porque en la ciudad, donde tantas voces se pierden, la memoria de un padre es semilla que florece en cada hijo.

 “El justo será recordado para siempre” (Salmo 112, 6). RM

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