Y me descubro pensando que la ausencia no borra,
solo cambia de forma. Su voz ya no se escucha en la sala, pero resuena en los consejos que
sigo repitiendo. Su presencia ya no está en el sillón, pero se siente en los
gestos que heredamos sin darnos cuenta.
A muchos nos pasa: llega un cumpleaños, una fecha
marcada, y la memoria se convierte en oración. En medio del ruido de la ciudad,
el recuerdo se vuelve refugio, y hasta un abrazo.
Cristo nos enseña que el amor es más fuerte que la
muerte.
Por eso, aunque nuestros padres ya no estén, siguen
caminando con nosotros. Están en la fe que nos dejaron, en la esperanza que
sostuvieron, en la raíz que no se seca.
Porque en la ciudad, donde tantas voces se pierden,
la memoria de un padre es semilla que florece en cada hijo.
“El justo será recordado para siempre” (Salmo 112, 6). RM
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