Avenida ruidosa. Gente apurada. Vidas cargadas de
preocupaciones. En medio
del ruido y la prisa, el Buen Pastor sigue caminando. No lleva cayado, pero
guía con su mirada y su voz que calma tormentas. No viste túnicas antiguas,
pero se acerca en un abrazo sincero, en la palabra que alienta, en el amigo que
no abandona.
Porque cuando el Señor es tu Pastor, la escasez
deja de ser miedo y el mañana deja de ser amenaza. Él no solo te acompaña: te
sostiene, te protege, y te recuerda que en su rebaño nunca falta lo esencial.
“El Señor es mi Pastor, nada me faltará.” (Salmo 23:1) RM
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