Casi
siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general
anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del
terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su
cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.
No
me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir
la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el
desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad
que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de
un mundo en que se suprimiera el perdón.
Hay
un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un
«mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a
imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva
que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso
transmitirse de generación en generación.
Si,
en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende
a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella
una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al
pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más
difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo
esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.
El
deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La
persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el
conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo
sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico
para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve
satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma
sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un
momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».
A
veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido,
pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para
recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a
perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más
sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una
hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón:
«Perdonad y seréis perdonados». JAP
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