La
ciudad se oscurece: violencia, cansancio, desánimo. Muchos se apagan, se
encierran, se rinden. Pero ahí es donde el cristiano está llamado a brillar
más. No con luces de neón ni con reflectores, sino con la luz sencilla de la fe,
la esperanza y la caridad.
Cuando
todo parece apagarse, tu oración puede ser lámpara, tu palabra, una chispa de
aliento, tu gesto de amor, una llama que guía.
Porque
la oscuridad nunca ha vencido a la luz: basta una sola vela para romper la
tiniebla de un cuarto entero.
“La luz brilla
en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5) RM
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