Muros pintados,
trazos desordenados, colores que parecen gritar.
En medio del
caos, una frase emerge: ‘Sin fe no hay paraíso’.
La ciudad
ofrece muchos ‘paraísos’ de neón: éxito rápido, placer inmediato, promesas de
consumo. Pero todos son frágiles, se derrumban con la primera tormenta.
El verdadero
paraíso no se compra ni se pinta en vitrinas. Nace cuando, aun en el ruido y la
incertidumbre, alguien se atreve a creer.
Creer que la
vida tiene sentido más allá del cansancio.
Creer que el
amor gratuito todavía transforma.
Creer que el
paraíso no es evasión, sino decisión de vivir con fe en medio del asfalto.
“La fe es la certeza de lo que se
espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb 11,1) RM
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