No
entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir
nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, acoger la vida que nos
ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En
medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos
invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (san León Magno). No se trata de una
alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber
por qué. «Nosotros tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría
plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar
entre nosotros» (Leonardo Boff).
Hay
una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios
y se dejan atraer por su ternura. Una alegría que nos libera de miedos y
desconfianzas ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño?
¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no
ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en
la ternura de un niño a quien podemos hacer sonreír o llorar.
Dios
no es el Ser omnipotente y poderoso que a veces imaginamos los humanos,
encerrado en la seriedad y el misterio de su mundo inaccesible. Dios es este
niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra
mirada para alegrarnos con su sonrisa. El hecho de que Dios se haya hecho niño
dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones
sobre su misterio.
Si
supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de
nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué
el corazón de un creyente ha de estar invadido de una alegría diferente:
sencillamente porque Dios está con nosotros. JAP
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