Vivimos en una ciudad que nos empuja al
individualismo. Cada quien con sus prisas, sus pendientes, sus preocupaciones, sus
silencios. Y en medio de ese ruido, parece que cada uno camina con su propio
peso sin mirar a los lados.
Pero el Adviento tiene otro ritmo, otra lógica, otro
lenguaje: la esperanza se
fortalece cuando se comparte.
Hoy pensé en cuántas veces traté de resolver todo
solo: mis miedos, mis dudas, mis cansancios, mis angustias. Como si pedir
compañía fuera una señal de debilidad, como si caminar acompañado fuera una
concesión, no un don.
Pero la verdad es que esperar solo desgasta. Esperar
acompañado sostiene.
Jesús no nació en silencio absoluto: nació
rodeado. Había María, José, pastores,
animales, ángeles, una comunidad incipiente que sin entenderlo todo ya estaba
ahí para recibir la Luz.
Hoy me dije algo que necesitaba oír: no tengo que vivir este tiempo en soledad. No tengo que cargar mi noche sin manos amigas.
La gracia también llega a través de los otros. A través de una palabra, una
presencia, un ‘aquí estoy’, un gesto que sostiene, un abrazo que no pide
explicación.
Faltan pocos días para la Navidad. Y hoy quiero
practicar el arte de esperar junto a otros: acompañar a quien está triste, escuchar
a quien necesita ser escuchado, compartir mis luces y mis sombras, permitir que
otros también me acompañen. Ser presencia, ser consuelo, ser calidez en un
mundo que corre demasiado.
Porque esperar acompañado no acelera la llegada
de la Luz, pero hace que la noche sea menos fría. Y cuando la Luz por fin llegue, la alegría será
más plena si la recibimos juntos.
Pregunta
¿Con quién necesitas compartir tu espera para que
no se vuelva pesada?
Acción breve
Envía hoy un mensaje corto a alguien que está
pasando por un momento difícil: “No
estás solo. Aquí estoy”. Ese
gesto puede ser luz para una noche ajena. RM
No hay comentarios.:
Publicar un comentario