No una puerta espectacular, sino una de esas que
se abren solo si alguien decide hacerlo desde dentro.
Porque Dios ya está. La Luz llegó. La pregunta ya
no es si vino, sino si
encontrará la puerta abierta.
Abrir la puerta no es un gesto automático.
Implica decisión. Implica confianza. Implica aceptar que algo —o Alguien— va a
entrar y cambiar el ambiente.
Hoy pensé en las puertas que mantengo entornadas:
las áreas donde dejo pasar lo justo, las heridas que protejo, las resistencias
que justifico, los miedos que sigo cuidando más de la cuenta.
Dios no irrumpe. Espera.
Espera a que yo le haga espacio en lo cotidiano,
en lo no resuelto, en lo frágil, en lo que todavía no entiendo.
Abrir la puerta no es tener todo listo. Es decir:
“Pasa, aunque no esté todo en orden”.
María no tuvo un palacio. José no tuvo certezas.
El pesebre no fue ideal. Pero la puerta estuvo abierta.
Hoy quiero revisar mi disponibilidad real: ¿Qué
parte de mi vida sigue cerrada? ¿Qué miedo aún no entrego? ¿Qué control no
suelto?
Porque la Navidad no ocurre cuando todo está
perfecto, sino cuando el corazón dice sí.
La Luz nació. Quiero abrir la puerta con
humildad, con verdad, con confianza. Y dejar que Dios entre tal como soy.
Pregunta
¿Qué puerta de tu corazón estás listo para abrir?
Acción breve
Antes de dormir, haz esta oración sencilla:
“Señor, aquí estoy. Entra en mi vida como quieras”. Y descansa. RM
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