La
alegría interior. La que viene de Dios.
Me di
cuenta de que muchas veces he buscado la alegría en lo que cambia, en lo que se
acaba, en lo que no depende de mí: un resultado, una aprobación, una
conversación,
una compañía, un logro, un aplauso, una buena noticia. Y cuando eso falla, la
alegría parece esfumarse.
Pero la
alegría del Adviento es distinta. No es una emoción pasajera: es una certeza. Una
luz que arde desde dentro, incluso cuando afuera no hay nada que celebrar.
Es como
una brasa escondida en el corazón que no hace ruido, pero permanece encendida,
sosteniendo la vida cuando todo lo demás se tambalea.
Hoy
entendí que la alegría de Dios no se basa en lo que tengo, ni en lo que logro,
ni en lo que sale ‘bien’. Se basa en algo mucho más profundo: en saber que no
camino solo. En saber que soy amado, incluso cuando no soy perfecto. En saber
que Dios trabaja en mi vida, aunque yo no lo vea.
Esa
alegría no depende de nada, porque no está agarrada a nada del mundo. Está
anclada en Dios.
Faltan
poco para Navidad. Y hoy quiero pedir esta alegría que no grita, que no
presume, que no necesita excusas para nacer. Quiero la alegría serena, la
alegría que me hace respirar más hondo, la alegría que sostiene mis días, la
alegría que no se derrumba con las noticias, la alegría que viene de confiar.
La
alegría que nace en un pesebre pobre pero cargado de ternura. La alegría que no
depende de nada… porque depende de Dios.
Pregunta
¿Qué
alegría interior necesitas pedir hoy, aunque las circunstancias no hayan
cambiado?
Acción breve
Cierra
los ojos un momento y di despacio: “Señor,
dame tu alegría, la que nada ni nadie puede quitar”.
Quédate ahí un instante. A veces, esa oración basta para encender la brasa. RM
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