Y entendí que así actúa Dios: descolocando mis
certezas, abriendo rutas que yo no veía, poniendo luz donde ya me había
resignado a la sombra.
El Adviento me invita a estar atento a esas
sorpresas. A ese Dios que no entra por la puerta grande, sino por la rendija
más humilde. Que no llega cuando yo controlo todo, sino cuando dejo espacio. Que
no se manifiesta siempre en lo extraordinario, sino en lo inesperado.
Pienso en María, que no recibió una planificación
detallada, sino una noticia que alteró toda su vida. Pienso en José, que vio
sus planes derrumbarse para dar paso a algo infinitamente más grande. Pienso en
los pastores, los menos influyentes de su tiempo, que fueron los primeros en
ver la Luz. Nada en ese nacimiento fue obvio. Todo fue sorpresa.
Y ahí comprendo que Dios no sorprende para
desestabilizarme, sino para despertarme. Para recordarme que la vida no es un
esquema cerrado, sino un espacio donde Él puede obrar —y transformar— mucho más
allá de mis cálculos.
Hoy me pregunto:
¿Estoy disponible para ser sorprendido por Dios? ¿O sigo aferrado a mis planes,
a mis seguridades, a mis formas rígidas de entender cómo debería llegar la
gracia?
La ciudad, con su prisa y su agenda llena, me
hace creer que todo debe ser previsto, medido, controlado. Pero el Adviento
rompe esa idea: la aparición de la Luz no se planea, se acoge.
Faltan pocos días para la Navidad. Y hoy quiero
dejar un espacio libre, un lugar sin nombre, un ‘sí’ sin condiciones, para que
Dios pueda entrar como Él quiera, cuando Él quiera, y por donde Él quiera.
Porque cuando Dios sorprende, no altera la ruta… la
redime. No desordena la vida… la ilumina. No complica el camino… lo revela.
La sorpresa de Dios no es interrupción, es
revelación.
Y en esa revelación, descubro que siempre llega a
tiempo, aunque nunca sea en el tiempo que yo esperaba.
Pregunta
¿Qué espacio de tu vida necesita abrirse para que
Dios pueda sorprenderte?
Acción breve
Hoy deja un acto sin planear: una oración
espontánea, un gesto de bondad repentino, una pausa inesperada para agradecer. A
veces, dejar un hueco es la manera más humilde de invitar a Dios. RM
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