jueves, 25 de diciembre de 2025

Un Dios imprevisible…

Se hizo carne
La Navidad nos obliga a revisar ideas e imágenes que habitualmente tenemos de Dios, pero que nos impiden acercarnos a su verdadero rostro.
Dios no se deja aprisionar en nuestros esquemas y moldes de pensamiento. No sigue los caminos que nosotros gustosamente le marcaríamos. Dios es imprevisible.
Nosotros lo queremos fuerte y poderoso, majestuoso y omnipotente. Pero él se nos ofrece en la fragilidad de un niño débil, nacido en la más absoluta sencillez y pobreza.
Nosotros lo colocamos casi siempre en lo extraordinario, maravilloso y sorprendente. Pero él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Nosotros lo imaginamos grande y lejano y él se nos hace pequeño y cercano.
No. Este Dios encarnado en el niño de Belén no es el que nosotros hubiéramos esperado. No está a la altura de lo que nosotros hubiéramos imaginado. Este Dios nos puede decepcionar.
Sin embargo, ¿no es precisamente este Dios cercano el que los hombres necesitamos junto a nosotros? ¿No es esta cercanía y proximidad a lo humano lo que mejor revela el verdadero misterio de Dios? ¿No se manifiesta en la debilidad de este niño su verdadera grandeza?
La Navidad nos debe recordar que la presencia de Dios no responde siempre a nuestras expectativas. Dios se nos ofrece, con frecuencia, donde nosotros menos lo esperamos.
Ciertamente hemos de buscar a Dios en la oración y el silencio, en la constante superación de nuestro egoísmo, en la vida fiel y obediente a su voluntad, pero Dios se nos puede ofrecer cuando quiere y como quiere, incluso, en lo más ordinario y común de la vida.
Ahora sabemos que lo podemos encontrar en cualquier ser indefenso y débil que, tal vez, necesita de nuestra acogida. El puede estar en las lágrimas de un niño o en la soledad de un anciano.
No hace falta encontrarse con nada extraordinario ni portentoso. No son necesarios milagros ni prodigios. En el fondo de cualquier ser humano podemos descubrir la presencia de ese Dios que ha querido encarnarse en lo humano.
Esta es la fe revolucionaria de la Navidad, el escándalo más grave del cristianismo, expresado de manera lapidaria por San Pablo: «Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de siervo, haciéndose uno de tantos y presentándose como simple hombre”.
El Dios cristiano no es un Dios desencarnado, lejano e inaccesible. Es un Dios encarnado, próximo, cercano. Un Dios al que podemos tocar de alguna manera cuando tocamos lo humano. JAP

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