Porque cuando todo está por celebrarse, cuando
las luces ya están puestas y las palabras casi se agotan, descubro que Dios no llega en el estruendo,
sino en el silencio que se atreve a esperar.
Vivimos rodeados de sonidos: notificaciones,
pendientes, expectativas, planes de última hora, listas interminables. Y sin
darnos cuenta, llenamos también el corazón de ruido, como si el silencio nos
diera miedo.
Pero el Adviento, en sus últimos pasos, me invitó
a algo distinto: a hacer
espacio.
El silencio no es ausencia. Es disponibilidad. Es dejar de
explicarlo todo, de controlarlo todo, de anticiparlo todo.
Hoy pensé que quizás Dios no entra porque no
encuentra dónde sentarse. Porque el corazón está lleno de voces, de urgencias, de
respuestas antes de escuchar.
Hacer silencio es un acto de fe: es confiar en
que Dios sabe llegar sin que yo lo dirija. Es creer que su Palabra no necesita
ser empujada, solo acogida.
Hoy quiero practicar ese silencio concreto: apagar
un momento el ruido externo, guardar palabras innecesarias, escuchar más de lo
que digo, permitir que mi interior se aquiete.
Porque en el silencio la esperanza respira, la fe
se ordena, y el corazón se vuelve casa.
Llegó Navidad. Y hoy quiero ofrecerle a Dios no
discursos ni promesas, sino un espacio limpio, abierto, callado.
Un silencio que diga: “Aquí puedes entrar”.
Pregunta
¿Qué ruido necesitas callar hoy para poder
escuchar lo que Dios quiere decirte?
Acción breve
Regálate hoy cinco minutos de silencio real. Sin
celular. Sin música. Sin palabras. Solo estar. Ahí, Dios trabaja. RM
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