Pocos
aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de
Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante
confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos
datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor
fidelidad.
En
Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado
por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha
conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío
interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en
nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas
al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos
seguir a Jesús.
Por
otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni
para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a
Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir
arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el
sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en
seguimiento fiel a Cristo.
Jesús,
además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo
el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser
humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la
injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.
El
que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera
tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un
teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).
Por
último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se
oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad
total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.
Antes
que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las
consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay
rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el
sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de
seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar
siguiendo sus pasos. JAP
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