jueves, 7 de febrero de 2013

Tumba de San Francisco de Asís





Salmo 31


Salmo 31 – Tú has perdonado mi pecado

Este poema lírico-didáctico expresa la felicidad de un pecador que ha obtenido el perdón divino, contraponiéndola a las aflicciones que provienen del pecado (vs. 1-5).
El tono personal con que el salmista narra su propia experiencia (vs. 3-5), se alterna con el estilo sapiencial de las “bienaventuranzas” iniciales (vs 1-2) y de la exhortación final (vs. 8-11).
Esto hace que el Salmo sea, al mismo tiempo, una expresión de agradecimiento al Señor por la gracia del perdón, y una lección de sabiduría para toda la comunidad.

1. CON ISRAEL
Este salmo es la acción de gracias de un pecador. Notemos la audacia maravillosa de este salmo. Lejos de ocultar, en forma individualista, en lo secreto de su conciencia personal, este hombre culpable confiesa en público que es pecador, se apoya en su propia experiencia de hombre reconciliado para sacar lecciones de sabiduría que pueden ser útiles a todos: al final del salmo, invita a todo el mundo a festejar en la alegría y el júbilo, este perdón de que ha sido objeto.

2. CON JESÚS
Necesariamente, pensamos en las parábolas de la misericordia, que terminan lo mismo que este salmo por el estribillo: "alegraos conmigo... Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte..." (Lucas 15, 6-10.32). También para Jesús, el perdón del pecado es una manifestación de amor.

3. CON NUESTRO TIEMPO
Un sacramento de reconciliación festivo. Si el pecado con el cual se "trampea", se oculta en el interior de uno mismo, se descompone y envenena literalmente la conciencia igual que un cadáver... Por el contrario el "perdón" es hoy una celebración festiva. "¡Qué el Señor sea vuestra alegría! cantad vuestro júbilo".

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se había vuelto un fruto seco. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso, que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia: la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzará. Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, fijaré en ti mis ojos. No seáis irracionales como caballos y mulos, cuyo brío hay que domar con freno y brida; si no, no puedes acercarte. Los malvados sufren muchas penas; al que confía en el Señor, la misericordia lo rodea. Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero.

«Mientras callé se consumían mis huesos»
He obrado el mal, y he pretendido olvidarlo. Le he quitado importancia, lo he acallado, lo he disimulado. Me he justificado a mí mismo en secreto ante mi propia conciencia: dejémoslo en paz, y su recuerdo desaparecerá; y, cuanto antes, mejor. Pero el recuerdo no pasó. Mis esfuerzos por olvidarme sólo habían conseguido turbarme y apesadumbrarme más. «Mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco».
Estaba disgustado conmigo mismo y enfadado con mi propia debilidad. Algo quedaba colgando en mi pasado. Por fin, no pude más y hablé. «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito: confesaré al Señor mi culpa. Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado».
Lo manifesté todo ante mí mismo y ante ti, Señor. Admití todo, acepté mi responsabilidad, confesé. Y al momento sentí sobre mí el favor de tu rostro, el perdón de tu mano, el amor de tu corazón. Y exclamé con alegría nueva: « ¡Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado! ¡Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito!
Dame la gracia de ser transparente. «Tú eres mi refugio: me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

Señor, Dios de misericordia, que has querido que tu Hijo, cargado con nuestros pecados, subiera al leño, para apartar de nosotros tu indignación, míranos amorosamente con ojos de padre, a nosotros, que, como hijos pródigos, retornamos a ti, confesando nuestras culpas, reconociendo nuestros pecados; y haz que, absueltos de nuestros delitos, encontremos siempre en ti nuestro refugio y nos veamos rodeados de cantos de liberación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Yo sí te veo


Yo sí te veo (08-02-13)

La casa comenzó a incendiarse, el chico estaba solo, ambos padres habían salido a trabajar. El chico subió al techo dado que el fuego había comenzado en la cocina….
Los vecinos llamaron a los bomberos y le avisaron a la fábrica del padre que estaba a pocas cuadras… el humo aumentaba y también la desesperación el padre llegó corriendo y le gritaba a su hijo:
“Tírate que yo te sostengo…”…¡¡ “no, no, no me puedo tirar porque no te veo, no sé dónde estás…!!… ”
¡¡Tírate – insistió el padre – porque yo sí te veo y sé dónde vas a caer para sostenerte…!!
El hijo le dijo: – Pero yo no te veo.
El Padre contestó. – ¡Sabes cómo lo debes de hacer, cierra los ojos y lánzate!
El niño dijo: – ¡Papi no te veo, pero allá voy!
Y cuando el niño se lanzó abajo, lo rescataron.
Entonces el Padre lo abraza, llora con el hijo juntos, pero muy contentos.
Cuántas veces en nuestras vidas atravesamos por momentos de “Incendio”, proyectos personales o familiares inconclusos, cuántas veces sentimos que aquello sobre lo que habíamos fundado nuestras expectativas se comienzan a desvanecer y nada de lo que hacemos lo puede sostener….y en esos momentos cuando no vemos hacia donde caminamos, cuando no sabemos qué decisiones tomar.
“Dios nos dice: Tranquilo/a que yo te veo…” y es maravilloso sabernos vigilados/as, con la mira comprometida de nuestro Dios, que no es mirada observadora sino sustentadora, mirada que nos recuerda y re-crea la esencia de cada una de nuestras existencias: ser hijos e hijas de Dios concebidos en Su Amor.
Que la certeza del Espíritu de Dios habitando en medio nuestro nos de la confianza de seguir caminando, aún cuando no veamos el camino, por la simple seguridad: “TRANQUILO, YO SÍ TE VEO…”
… He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. Mateo 28:20
… Yo nunca te abandonaré ni te desampararé. Hebreos. 13:5
… Mas el Señor me ha sido por refugio, y mi Dios por roca de mi confianza. Salmos 94:22
… En el temor de Dios está la fuerte de confianza y esperanza tendrán sus hijos. Proverbios 14:26

Evangelio del Viernes 08 de Febrero


Día litúrgico: Viernes IV (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 6,14-29): En aquel tiempo, se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.
Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?». Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Comentario: Rev. D. Ferran BLASI i Birbe (Barcelona, España)

«Se había hecho notorio el nombre de Jesús y llegó esto a noticia del rey Herodes»

Hoy, en este pasaje de Marcos, se nos habla de la fama de Jesús —conocido por sus milagros y enseñanzas—. Era tal esta fama que para algunos se trataba del pariente y precursor de Jesús, Juan el Bautista, que habría resucitado de entre los muertos. Y así lo quería imaginar Herodes, el que le había hecho matar. Pero este Jesús era mucho más que los otros hombres de Dios: más que aquel Juan; más que cualquiera de los profetas que hablaban en nombre del Altísimo: Él era el Hijo de Dios hecho Hombre, Perfecto Dios y perfecto Hombre. Este Jesús —presente entre nosotros—, como hombre, nos puede comprender y, como Dios, nos puede conceder todo lo que necesitamos.
Juan, el precursor, que había sido enviado por Dios antes que Jesús, con su martirio le precede también en su pasión y muerte. Ha sido también una muerte injustamente infligida a un hombre santo, por parte del tetrarca Herodes, seguramente a contrapelo, porque éste le tenía aprecio y le escuchaba con respeto. Pero, en fin, Juan era claro y firme con el rey cuando le reprochaba su conducta merecedora de censura, ya que no le era lícito haber tomado a Herodías como esposa, la mujer de su hermano.
Herodes había accedido a la petición que le había hecho la hija de Herodías, instigada por su madre, cuando, en un banquete —después de la danza que había complacido al rey— ante los invitados juró a la bailarina darle aquello que le pidiera. «¿Qué voy a pedir?», pregunta a la madre, que le responde: «La cabeza de Juan el Bautista» (Mc 6,24). Y el reyezuelo hace ejecutar al Bautista. Era un juramento que de ninguna manera le obligaba, ya que era cosa mala, contra la justicia y contra la conciencia.
Una vez más, la experiencia enseña que una virtud ha de ir unida a todas las otras, y todas han de crecer orgánicamente, como los dedos de una mano. Y también que cuando se incurre en un vicio, viene después la procesión de los otros.

07 de Febrero - Teodoro de Heraclea


Teodoro de Heraclea, Santo
Mártir, 07 de Febrero

Martirologio Romano: En Amasea, en el Helesponto, pasión de san Teodoro, soldado, que bajo el emperador Maximiano, por confesar que era cristiano, fue terriblemente azotado, recluido en la cárcel y finalmente quemado vivo. San Gregorio de Nisa cantó las alabanzas de este santo en un célebre elogio. († 306)
Uno de los mártires orientales provenientes del mundo de la milicia. Fue capitán de soldados. Hizo honor a su nombre -Teodoro es Adorador de Dios- con el testimonio de su sangre derramada. Ejerce el mando en tiempos del emperador Licinio. Murió mártir, en Heraclea, por el año 319, defendiendo la fe y sabiendo anteponer a su lealtad de soldado la preeminencia de obedecer a Dios.
El resto es otro cantar. Muchos consideran los relatos como producto de la fábula que se hace en torno a su persona y a su entrega; puede que tengan razón. Siendo sinceros, también nosotros encontramos dificultades para aceptar el relato tal cual nos lo entrega el tiempo sin pasarlo por la criba de la historia que lo purifique. Muy probablemente hay elementos del relato bordados en el telar de la leyenda.
Porque dicen que pasaba su valiente vida librando las tierras de alimañas, monstruos y dragones. Y donde se resalta su condición de hombre de fe es en una de las caminatas que hacía el emperador visitando el imperio, revisando sus fuerzas militares y comprobando el estado de las posiciones. En esta ocasión, lleva consigo todas las imágenes idolátricas de los dioses romanos. Son ricas y minuciosamente trabajadas por los artistas palatinos. Quiere donarlas a sus tropas para que le sirvan de protección en las campañas.
El capitán Teodoro hace los honores del recibimiento. Luego, de modo ingenuo y servicial, pide permiso al emperador para que las estatuas de los dioses paganos sean depositadas en las dependencias de su casa con el pretexto de custodiarlas y perfumarlas. Así -asegura con pillería- estarán más vistosas a la hora de ser presentadas al gran público. Y lo más ocurrente que resuelve es destruir las imágenes de los dioses falsos, obtener el oro que las recubre y posteriormente donarlo a los pobres para que remedien sus miserias.
¡Claro que con su actuación alegre y decidida da un testimonio de dónde tiene puestos sus valores y de en quién tiene depositada su fe! Pero le valió el martirio por degüello precedido de incontables tormentos que ya están previstos en los relatos de las actas martiriales tardías. Sí, se habla de sus muchas heridas sanadas por ángeles y de conversiones multitudinarias de testigos presenciales al comprobar su firmeza hasta el último momento de su muerte.
En el cielo nos encontraremos con Teodoro, el capitán de Heraclea y, si lo cree oportuno, nos contará la verdad de lo que pasó. No deja por ello de animar nuestra existencia conocer lo que los ancestros dijeron de este intrépido santo soldado pícaro, queriendo personificar en él que la fe no está reñida con el sentido práctico y que la valentía profesional debe acompañar a la fortaleza que da la entrega a Dios.
¿Existen dos santos Teodoro?
En el siglo IX tan sólo existía la devoción a un santo con este nombre, pero luego otro Teodoro aparece, este no es soldado sino general, quien habría muerto en Heraclea en tiempos de Licinio el 7 de febrero, también él enterrado en Euchaita el 3 de junio. Esta doble historia, del que fuera tal vez un único mártir, dio como origen a un doble florecimiento de leyendas que han sido escritas en griego, latín y otras lenguas orientales y que influyeron a su vez en los días de sus conmemoraciones.
Los bizantinos recuerdan al Teodoro general el 8 de febrero mientras el soldado el 17 de febrero. En los martirologios occidentales en cambio el general es recordado el 7 de febrero y el soldado el 16 del mismo mes.
Todo el asunto ha sido cuidadosamente estudiado por el padre H. Delehaye en su libro "Las Leyendas griegas de militares santos" (1909). En su opinión solo hubo un Teodoro, probablemente mártir y posiblemente soldado de profesión. Parece ser que su culto comenzó hace mucho tiempo en Euchaita, una población pequeña en el Helesponto y que desde ahí se difundió a otras partes. Poco a poco, algunos hagiógrafos fueron introduciendo muchos detalles ficticios y contradictorios en su historia, sin preocuparse en absoluto de si lo que escribían se apegaba a la verdad histórica. Con el tiempo las divergencias llegaron a ser tan notorias, que fue necesario recurrir a la hipótesis de dos San Teodoro diferentes: el Stratelates (el general) y el de Tiro (el soldado), pero aun así sus biografías se sobreponen y no puede sacarse gran cosa en claro. Uno de los elementos fabulosos introducidos en ciertas versiones de la historia, es la lucha con un dragón. Este detalle aparece en la leyenda de san Teodoro mucho antes que en la de san Jorge. Por eso no es raro encontrar imágenes y cuadros en los que aparece montado a caballo, traspasando al dragón con una lanza, lo que se presta a identificarlo erróneamente. La idea de distinguir a los dos Teodoro parece que se le había ocurrido a alguno mucho antes de lo que el padre Delehaye supone. En una homilía armenia que F. C. Conybeare atribuye al siglo cuarto, ya se les considera distintos; y Mons. Wilper ha reproducido un mosaico que colocó el Papa Félix IV (526-530) en la iglesia de san Teodoro en el Palatino, en donde se representa a nuestro Salvador sentado; mientras que san Pedro le presenta por un lado a un san Teodoro, y san Pablo le presenta al otro san Teodoro por el otro.
De todos modos, es posible de que se trate de la misma persona conmemorada en dos días diferentes.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Salmo 30


Salmo 30 – En tus manos encomiendo mi espíritu

++ En este Salmo se combinan una súplica confiada (vs. 2-l9) y un canto de acción de gracias (vs. 20-25).
++ En primer lugar, un hombre acusado y perseguido injustamente se pone en las manos de Dios (v. 6) y le ruega que lo salve.
++ Luego el mismo salmista expresa su reconocimiento al Señor, por haber experimentado la protección divina y verse libre de peligro.

1. CON ISRAEL
-El comienzo es la súplica de un acusado inocente, de un enfermo, de un moribundo, expuesto a la persecución: es un maldito, excluido de la comunidad, y "que produce miedo en sus amigos" porque se lo considera como embrujado por malos espíritus... Se huye de él como de un apestado... ¿Será su mal contagioso?
-Pero la parte final del salmo es la dulce oración de intimidad de un huésped de Yahveh: a pesar de las acusaciones injustas de que es objeto este moribundo, continúa cantando la felicidad de su vida de intimidad con Dios: "Me confío en Ti, Señor... Mis días están en tus manos... Tu amor ha hecho para mí maravillas... ¡Tú colmas a aquellos que confían en Ti!".

2. CON JESÚS
"Soy el hazmerreir de mis adversarios...". Fariseos, Escribas, bribones... se burlaban de Él. No se contentaron con matarlo, se ensañaron y lo envilecieron, entregándolo a los ultrajes humillantes de la soldadesca... El motivo mismo de la condenación era una burla de desprecio, escrita en tres idiomas: "Jesús Nazareno, ¡Rey de los judíos!".

3. CON NUESTRO TIEMPO
Habiendo puesto este salmo "en labios" de Jesús, hay que ponerlo "en nuestros propios labios", repetirlo por cuenta nuestra, y para el mundo de hoy. ¡Hay tantos enfermos, en los hogares y en los hospitales! ¡Tantos perseguidos, tantos despreciados, tantas personas consideradas como "cosas"! ¡Tantos aislados, abandonados! Pero vayamos hasta el fin del salmo, y repitamos también la acción de gracias.

A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme, sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame: sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios leal, me librarás; Tú aborreces a los que venera ídolos inertes, Pero yo confío en el Señor; Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción, Velas por mi vida en peligro; No me has entregado  en manos del enemigo, has puesto mis pies en un camino ancho. Piedad, Señor, que estoy en peligro; que se consumen de dolor mis ojos, mi garganta y mis entrañas. Mi vida se gasta en el dolor; Mis años en los gemidos, Mi vigor decae con las penas, mis huesos se consumen. Soy la burla de mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos; me ven por la calle, y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cachorro inútil. Oigo el cuchicheo de la gente, Y todo me da miedo; Se conjuran contra mí Y traman quitarme la vida. Pero yo confío en ti, Señor, Te digo:”Tú eres mi Dios.” En tus manos están mis azares: Líbrame de los enemigos que me persiguen; Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, Sálvame por tu misericordia. Qué bondad tan grande, Señor, Reservas para tus fieles, Y concedes a los que a ti se acogen A la vista de todos. En el asilo de tu presencia los escondes De las conjuras humanas; Los ocultas en tu tabernáculo, Frente a las lenguas pendencieras. Bendito el Señor, que ha hecho por mi Prodigios de misericordia En la ciudad amurallada. Yo decía en mi ansiedad: “Me has arrojado de tu vista; Pero tú escuchaste mi voz suplicante Cuando yo te gritaba. Amad al Señor fieles suyos; El Señor guarda a sus leales, Y a los soberbios les paga con creces. Sed fuertes y valientes de corazón, Los que esperáis en el Señor.

MI VIDA EN TUS MANOS
Me siento feliz al decir estas palabras: «Tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares». Se me quita un peso de encima, descanso y sonrío en medio de un mundo difícil. «Mis azares están en tus manos». ¡Benditas manos! ¿Y cómo he de volver a dudar, a preocuparme, a acongojarme pensando en mi vida y en mi futuro, cuando sé que está en tus manos? Alegría de alegrías, Señor, y favor de favores.
«Mis azares». Buena suerte, mala suerte; altos y bajos; penas y gozos. Todo eso es mi vida, y todo eso está en tus manos. Tú conoces el tiempo y la medida, tú sabes mis fuerzas y mi falta de fuerzas, mis deseos y mis limitaciones, mis sueños y mis realidades. Todo eso está en tu mano, y tú me amas y quieres siempre lo mejor para mí. Esa es mi alegría y mi descanso.
Que esa fe aumente en mí, Señor, y acabe con toda ansiedad y preocupación en mi vida. Desde luego que seguiré trabajando por mis «azares» con todas mis fuerzas y con toda mi alma.
La paz ha vuelto a mi alma desde que yo he aprendido las benditas palabras: «Tú eres mi Dios; en tus manos están mis azares».

Señor, Dios leal, tú nos librarás como salvaste a tu hijo: infunde en nuestros corazones la certeza de nuestra liberación; nos acogemos al asilo de tu misericordia y esperamos en ti.

Le doy gracias a la vida


Le doy gracias a la vida (07-02-13)

Por depositar en mí la semilla de la confianza, dejándome conducir por la voz presentida, le doy gracias a la vida.
Por el sentido del humor, por las manos tendidas, por la caricia sentida y su ardor, le doy gracias a la vida.
Por la luz y su mañana, por el corazón cordial, compartido, por la sonrisa acogedora, cercana, le doy gracias a la vida.
Por la mar en calma, por sus olas embravecidas, por la espuma depositada en mi alma, le doy gracias a la vida.
Por el manantial de la amistad, por su fuente clara, vertida, por su frescura y su sinceridad, le doy gracias a la vida.
Por la palabra libre, inspiradora, por la pasión que me provoca y me cuida, por alumbrar en mí su acción creadora, le doy gracias a la vida.
Por la fértil tierra y sus frutos, dolorido por sus lágrimas afligidas; por el instante en que me dará cobijo, le doy gracias a la vida. (Miguel Ángel Mesa)

Evangelio del Jueves 07 de Febrero


Día litúrgico: Jueves IV (C) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 6,7-13): En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas». Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos». Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Comentario: Rev. D. Josep VALL i Mundó (Barcelona, España)

«Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos (...) 
Y yéndose de allí, predicaron que se convirtieran»

Hoy, el Evangelio relata la primera de las misiones apostólicas. Cristo envía a los Doce a predicar, a curar todo tipo de enfermos y a preparar los caminos de la salvación definitiva. Ésta es la misión de la Iglesia, y también la de cada cristiano. El Concilio Vaticano II afirmó que «la vocación cristiana implica como tal la vocación al apostolado. Ningún miembro tiene una función pasiva. Por tanto, quien no se esforzara por el crecimiento del cuerpo sería, por ello mismo, inútil para toda la Iglesia como también para sí mismo»
El mundo actual necesita —como decía Gustave Thibon— un “suplemento de alma” para poderlo regenerar. Sólo Cristo con su doctrina es medicina para las enfermedades de todo el mundo. Éste tiene sus crisis. No se trata solamente de una parcial crisis moral, o de valores humanos: es una crisis de todo el conjunto. Y el término más preciso para definirla es el de una “crisis de alma”.
Los cristianos con la gracia y la doctrina de Jesús, nos encontramos en medio de las estructuras temporales para vivificarlas y ordenarlas hacia el Creador: «Que el mundo, por la predicación de la Iglesia, escuchando pueda creer, creyendo pueda esperar, y esperando pueda amar» (san Agustín). El cristiano no puede huir de este mundo. Tal como escribía Bernanos: «Nos has lanzado en medio de la masa, en medio de la multitud como levadura; reconquistaremos, palmo a palmo, el universo que el pecado nos ha arrebatado; Señor, te lo devolveremos tal como lo recibimos aquella primera mañana de los días, en todo su orden y en toda su santidad».
Uno de los secretos está en amar al mundo con toda el alma y vivir con amor la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles y a todos nosotros. Con palabras de san Josemaría, «el apostolado es amor de Dios, que se desborda, con entrega de uno mismo a los otros (...). Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior». Éste ha de ser nuestro testimonio cotidiano en medio de los hombres y a lo largo de todas las épocas.

06 de Febrero - Pablo Miki y compañeros


Pablo Miki y compañeros, Santos y Mártires
Mártires de Japón, 06 de Febrero


Martirologio Romano: En Nagasaki, en Japón, pasión de los santos Pablo Miki junto con veinticinco compañeros, Declarada una persecución contra los cristianos, ocho presbíteros o religiosos de la Compañía de Jesús o de la Orden de los Hermanos Menores, procedentes de Europa o nacidos en Japón, junto con diecisiete laicos, fueron apresados, duramente maltratados y, finalmente, condenados a muerte. Todos, incluso los adolescentes, por ser cristianos fueron clavados en cruces, manifestando su alegría por haber merecido morir como murió Cristo (1597).
Compañeros en el martirio: Juan de Goto Soan, Jacobo Kisai, religiosos de la Compañía de Jesús; Pedro Bautista Blásquez, Martín de la Ascensión Aguirre, Francisco Blanco, presbíteros de la Orden de los Hermanos Menores; Felipe de Jesús de Las Casas, Gonzalo García, Francisco de San Miguel de la Parilla, religiosos de la misma Orden; León Karasuma, Pedro Sukeiro, Cosme Takeya, Pablo Ibaraki, Tomás Dangi, Pablo Suzuki, catequistas; Luis Ibaraki, Antonio, Miguel Kozaki y su hijo Tomás, Buenaventura, Gabriel, Juan Kinuya, Matías, Francisco de Meako, Ioaquinm Sakakibara y Francisco Adaucto, neófitos(1597).
Fecha de canonización: 8 de julio de 1862 por el Papa Pío IX.
El primero que llevó el anuncio de la fe cristiana a Japón fue San Francisco Javier, quien trabajó allí en de 1549 a 1551. En pocos años los cristianos llegaron a ser unos 300.000. Humanamente hablando, es doble el “secreto” que hizo posible esta expansión: el respeto que los misioneros jesuitas tuvieron por los modos de vida y las creencias japonesas no directamente opuestas a la enseñanza cristiana, y el empeño de insertar elementos locales en la predicación y en la administración.
Fue catequista jesuita un joven llamado Pablo Miki, nacido entre los años 1564 y 1566, de una rica familia de Kyoto. Quería ser sacerdote pero su ordenación fue postergada “sine die”, porque la única diócesis todavía no tenía obispo. Además, en 1587 el emperador Toyotomi Hideyoshi, que se propuso la conquista de Corea, cambió su actitud benévola para con los cristianos y publicó un decreto de expulsión de los misioneros extranjeros.
La orden se cumplió en parte: algunos misioneros permanecieron en el país de incógnito, y en 1593 algunos franciscanos españoles, dirigidos por Pedro Bautista, llegaron a Japón procedentes de Filipinas y fueron bien recibidos por Hideyoshi. Pero poco después vino la ruptura definitiva, incluso por motivos políticos anti-españoles y anti-occidentales. El 9 de diciembre fueron arrestados seis franciscanos (Pedro Bautista, Martín de la Asunción, Francisco Blanco, Felipe Las Casas, Francisco de San Miguel y Gonzalo García), tres jesuitas (Pablo Miki, Juan Soan de Gotó y Santiago Kisai) y quince laicos terciarios franciscanos, a los que se les añadieron después otros dos, que eran catequistas. Después de haberles cortado el lóbulo izquierdo, los 26 fueron llevados de Meaco a Nagasaki, para exponerlos a la burla de las muchedumbres, que más bien admiraron la heroica valentía que manifestaron sobre todo en el momento de la muerte, cuando fueron crucificados en una colina de Nagasaki el 5 de febrero de 1597. Despertaron gran conmoción las palabras de perdón y de testimonio evangélico pronunciadas por Pablo Miki desde la cruz, y la serenidad y valentía que demostraron Luis Ibaraki (11 años), Antonio (13) y Tomás Cosaki (14), que murieron cantando el salmo: “Laudate, pueri, Dominum...”

martes, 5 de febrero de 2013

Salmo 29


Salmo 29 – Tú me sanaste

Una intensa y suave acción de gracias se eleva a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este es el sentimiento que emerge con fuerza en el Salmo 29. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.
De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (v 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (v 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (v 6); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (v 12).

1. CON ISRAEL
La "situación concreta evocada" es esta: un enfermo importante, en peligro de muerte, ha sido curado... Esta situación evoca la experiencia de Israel, que después de la agonía del exilio reencuentra la alegría de la alabanza. El pueblo de Israel consideró esta liberación como una especie de "Resurrección": "me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa".

2. CON JESÚS
Lo que es apenas una imagen, para Israel, es una realidad maravillosa para Jesús: "Tú me has levantado... Tú me has sacado del abismo... Tú me has hecho revivir..." Me gusta imaginar los primeros instantes de Jesús, cuando salió "de la muerte" para "revivir": una palabra de Pedro lo resume todo: "muerto en la carne, fue vivificado por el espíritu." (1 Pedro 3,18).

3. CON NUESTRO TIEMPO
El Misterio Pascual es el corazón de nuestra fe cristiana. Un cristiano no es simplemente alguien que "cree en Dios". Esto lo hacen prácticamente todas las grandes religiones. El carácter específico de nuestra fe cristiana es que nosotros "creemos en Jesucristo muerto y resucitado".

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos invita el llanto; por la mañana, el júbilo. Yo pensaba muy seguro: "no vacilaré jamás". Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado. A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios: "¿qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa? ¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad? Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme". Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta; te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

ALTIBAJOS DEL ALMA
Quiero descubrir mis estados de alma ante ti, Señor, y ante mí mismo, que bien lo necesito. Quiero aprender cómo tratarme a mí mismo cuando estoy de buen humor y cuando estoy de mal talante, cómo capear mi optimismo y mi pesimismo, cómo reaccionar ante la alegría espiritual y el desaliento humano.
Vivo a merced de mis sentimientos. Cuando me siento alegre, todo parece fácil, la virtud se hace natural, el amor brota espontáneo, y concibo una firme seguridad de que así ha de ser ya siempre en mi vida. Tú que me conoces bien, Señor, has puesto estas palabras en mis labios al invitarme a recitar el Salmo: «Yo pensaba muy seguro: no vacilaré jamás». Sí, esa era mi falsa confianza. Yo creía que no volvería a vacilar jamás. Bien equivocado estaba, y bien pronto lo iba a verificar.
Tu Salmo continúa como lo hace mi vida: «Pero escondiste tu rostro y quedé desconcertado». Volvía estar peor que antes. No valgo para nada; no aprenderé nunca; después de tantos años, vuelvo a estar como cuando empecé. Cuando me va mal, me desespero, me olvido de que antes me había ido bien y me convenzo de que ya nunca volverá a sonreírme la vida; y cuando me va bien, me olvido también de que antes me ha ido mal, y presumo con seguridad absoluta que ahora ya siempre me irá bien, que no hay nada que temer y que la batalla está ya ganada para siempre. Me falla la memoria, y eso me multiplica el sufrimiento.
Esa es mi oración: Que cuando me vaya bien, me acuerde de que antes me ha ido mal; y que cuando me vaya mal, confíe que pronto me volverá a ir bien. Entonces sí que «te daré gracias por siempre, Señor, Dios mío».

Padre amante, Dios clementísimo, no permitas que nuestros enemigos se rían de nosotros: como sacaste la vida de tu Hijo del abismo y le hiciste revivir cuando bajaba a la fosa, cambia así también nuestro luto en danzas y, si en el atardecer de este siglo nos visita el llanto, haz que por la mañana de tu retorno nos visite el júbilo y en él vivamos, por los siglos de los siglos. Amén.