martes, 28 de febrero de 2017

¿Qué ha traído Jesús al mundo?


Cada generación se siente invitada a ponerse ante Jesús de Nazaret para preguntarse: tú, ¿quién eres?
Después de 2000 años, también nosotros sentimos la necesidad de resolver la pregunta sobre Jesucristo, sobre su Persona, sobre su Misión, sobre su Obra.
El Papa Benedicto XVI concreta aún más la pregunta para nuestro tiempo, para nuestro mundo sumergido en guerras, pobreza, injusticias, miedos. “¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído?” (Benedicto XVI, “Jesús de Nazaret”, p. 69).
La respuesta surge desde una experiencia profunda, desde la oración que descubre en Jesucristo al Salvador del mundo. “La respuesta es muy sencilla: a Dios. Jesús ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primero poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los profetas; el Dios que sólo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos...” (“Jesús de Nazaret”, pp. 69-70).
Ante Cristo toda la historia humana adquiere su sentido más profundo, más pleno. Los reinos humanos, los imperios poderosos, los que triunfan en el dinero o en el poder, pasan y se esfuman, uno tras otro. En silencio, con una presencia humilde, con una fuerza pacífica, la gloria de Dios sigue entre nosotros, supera la contingencia del tiempo, ofrece esa salvación auténtica que cada hombre desea con ansiedad inextinguible.
Desde que Jesús ha traído a Dios, todo es distinto. “Ahora conocemos el camino que debemos seguir como hombres en este mundo. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor” (“Jesús de Nazaret”, p. 70).
¿Qué ha traído Jesús al mundo? La pregunta puede hacerse en primera persona: ¿qué ha traído Jesús para mí, para mi familia, para mis amigos, para la ciudad y la nación en las que vivo? La respuesta también se hace en singular: me ha traído la vista, me ha traído la esperanza, me ha traído el perdón, me ha traído la salvación, me ha traído el Amor, me ha traído a Dios...
En la marcha diaria hacia lo eterno, Jesús nos acompaña, nos guía, nos levanta, nos cuida. Como el apóstol santo Tomás, abrimos el corazón lleno de alegría para decir, ante tanto Amor, unas palabras de fe humilde y total: “Señor mío y Dios mío”... FP

Evangelio del Miércoles 01 de Marzo

Día Litúrgico: Miércoles de Ceniza

Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos»

Comentario: Pbro. D. Luis A. GALA Rodríguez (Campeche, México)

Hoy comenzamos nuestro itinerario hacia la Pascua, y el Evangelio nos recuerda los deberes fundamentales del cristiano, no sólo como preparación hacia un tiempo litúrgico, sino en preparación hacia la Pascua Eterna: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1). La justicia de la que habla Jesús consiste en vivir conforme a los principios evangélicos, sin olvidar que «si vuestra justicia no supera la justicia de los doctores de la ley y de los fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 5,20). 
La justicia nos lleva al amor, manifestado en la limosna y en obras de misericordia: «Cuando hagas limosna que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). No es que se deban ocultar las obras buenas, sino que no debe pensarse en la alabanza humana al hacerlas, ni desear algún otro bien. En otras palabras, debo dar limosna de tal modo que ni yo tenga la sensación de estar haciendo una cosa buena que merece una recompensa por parte de Dios y elogio por parte de los hombres. 
Benedicto XVI insistía en que socorrer a los necesitados es un deber de justicia, aun antes que un acto de caridad: «La caridad va más allá de la justicia (…), pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es “suyo”, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar». No debemos olvidar que no somos propietarios absolutos de los bienes que poseemos, sino administradores. Cristo nos ha enseñado que la auténtica caridad es aquella que no se limita a “dar” la limosna, sino que lleva a “darse” uno mismo, a ofrecerse a Dios como culto espiritual (cf. Rom 12,1). Ése sería el verdadero gesto de justicia y caridad cristiana, «y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4).

lunes, 27 de febrero de 2017

28 de Febrero - Carlo Gnocchi

Carlo Gnocchi, Beato
Presbítero y Fundador, 28 de Febrero

Martirologio Romano: En Milán, Italia, beato Carlos Gnocchi, presbítero, llamado “el apóstol de los mutilados” por su especial dedicación a los huérfanos y heridos de guerra. († 1956)
Fecha de beatificación: 25 de octubre de 2009 en la Plaza del Duomo de Milán (Italia). Durante el pontificado de S.S. Benedicto XVI

Carlo Gnocchi nació en San Colombano al Lambro, en Milán, Italia, el 25 de octubre de 1902 en el seno de una familia rural. Fue ordenado sacerdote en 1924, también fue profesor de teología y religión en colegios, liceos y universidades de su ciudad natal. Durante la Segunda Guerra Mundial fue oficial y capellán del Batallón Alpino (Cuerpo de Infantería de Montaña) del Ejército Italiano (1941-1945). En aquellos momentos el Padre Gnocchi (o Don Gnocchi, como es llamado en Italia), concibe la idea de crear una fundación que ayude a los niños mutilados y discapacitados físicos y psíquicos por causa de la guerra. Así, en 1942, nació su obra máxima, la “Fondazione Pro Juventute” (hoy Obra Don Gnocchi). Un año más tarde tuvo una audiencia con el Papa Pío XII, en la cual presentó su fundación.
Falleció de un cáncer al páncreas en Milán el 28 de febrero de 1956, a la edad de 54 años. Su proceso de beatificación comenzó en 1962, y fue declarado Venerable por el Papa Juan Pablo II en 2002.
Su vida es recordada, actualmente, a través de un film de la RAI, titulada “El ángel de los niños”.

ORACIÓN
Oh Dios, 
tú eres nuestro Padre, 
y en Jesucristo nos haces hermanos, 
te damos gracias por habernos dado a Don Carlo Gnocchi 
que la Iglesia venera como beato.

Danos su profunda fe, 
su esperanza tenaz, 
su ardiente caridad,
para que podamos seguir su ejemplo heroico, 
de ayudar en la vida de cada hombre
“golpeado y despojado por el dolor”.

Don Carlo nos enseñe 
a buscarte cada día de los más frágiles, 
en los ojos castos de los niños, 
en la sonrisa cansada de los ancianos, 
en el ocaso de los moribundos, 
para amarte cada día con el 
“incansable trabajo de la ciencia, 
con las obras de la solidaridad humana
y en los prodigios de la caridad sobrenatural”.
Amén

La Virgen y el sacramento de la Penitencia


La Virgen María ocupa un lugar muy particular para los creyentes en Cristo. Ella fue concebida inmaculada. Ella aceptó plenamente la voluntad de Dios en su vida. Ella, como Puerta del cielo, dio permiso a Dios para entrar en la historia humana. Ella estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Ella oraba con la primera comunidad cristiana en la espera del Espíritu Santo.
Por eso María está presente, de un modo discreto pero no por ello menos importante, en el sacramento de la Eucaristía. Las distintas plegarias la mencionan, pues no podemos participar en el misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo sin recordar a la Madre del Redentor.
¿Está también presente la Virgen en el sacramento de la confesión? En el ritual de la Penitencia no hay menciones específicas de María. Ni en los saludos, ni en la fórmula de absolución, ni en la despedida.
En algunos lugares, es cierto, se conserva la devoción popular de iniciar la confesión con el saludo “Ave María purísima. Sin pecado concebida”. Pero se trata de un saludo no recogido por el ritual, y que muchos ya no utilizan.
Sin embargo, aunque el rito no haga mención explícita de la Virgen, Ella está muy presente en este sacramento.
En la tradición de la Iglesia, María recibe títulos y advocaciones concretas que la relacionan con el perdón de los pecados. Así, la recordamos como Refugio de los pecadores, como Madre de la divina gracia, como Madre de la misericordia, como Madre del Redentor y del Salvador, como Virgen clemente, como Salud de los enfermos.
A lo largo del camino cristiano, Ella nos acompaña y nos conduce, poco a poco, hacia Cristo. La invitación en las bodas de Caná, “haced lo que Él os diga” (cf. Jn 2,5) se convierte en un estímulo para romper con el pecado, para acudir al Salvador, para abrirnos a la gracia, para iniciar una vida nueva en el Hijo.
Por eso, en cada confesión la Virgen está muy presente. Tal vez no mencionamos su nombre, ni tenemos ninguna imagen suya en el confesionario. Pero si resulta posible escuchar las palabras de perdón y de misericordia que pronuncia el sacerdote en nombre de Cristo es porque María abrió su corazón, desde la fe, a la acción del Espíritu Santo, para acoger el milagro magnífico de la Encarnación del Hijo.
La Virgen, de este modo, acompaña a cada sacerdote que confiesa y a cada penitente que pide humildemente perdón. Su presencia nos permite entrar en el mundo de Dios, que hizo cosas grandes en Ella, que derrama su misericordia de generación en generación (cf. Lc 1,48-50), hasta llegar a nosotros también en el sacramento de la Penitencia. FP

Evangelio del Martes 28 de Febrero

Día Litúrgico: Martes VIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,28-31): En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».

«Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, 
quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna»

Comentario: Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga (Sabadell, Barcelona, España)

Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).
¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?
La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.
Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre...” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?

domingo, 26 de febrero de 2017

27 de Febrero - Juan de Gorze

Juan de Gorze, Santo
Abad, 27 de Febrero

Santo Tradicional, no incluido en el Martirologio Romano
En Gorze, en la región de Lorena, Juan, abad benedictino († c.975).
Etimológicamente: Juan = Dios es misericordia, viene de la lengua hebrea.

Nació en Vandieres (Metz, Francia), en el seno de una familia de campesinos con grandes propiedades. Estudió en la abadía de Saint Michel, donde parece que aprovechó poco sus enseñanzas. Volvió a su casa donde, huérfano de padre, administró durante algunos años sus vastas posesiones. Su conversión interior estuvo unida al trato espiritual que mantuvo con una monja del monasterio benedictino de San Pedro de Metz, con la que descubrió la práctica ascética del cilicio. En los siguientes años experimentó diversas formas de vida religiosa sin que ninguna le satisficiera: fue ermitaño en Ardenne, recluso en Verdun, peregrinó a Roma, donde visitó la tumba de los apóstoles, después marchó a Nápoles, acudió a Montecasino, que no le impresionó en absoluto y llegó hasta el santuario de San Miguel en el Monte Gargano. La forma de vida que más le gustó fue la que conoció en Beneventano, donde los monjes vivían como los antiguos padres del desierto.
Al regresó a su patria, con algunos amigos que compartían su mismo ideales decidió volver a Italia, cuando el obispo san Adalberón de Metz, tuvo la idea de la reforma de la abadía de Gorze, así en el 934, Juan y sus compañeros profesaron como monjes benedictinos y se reformó la abadía de Gorze; a Juan se le encomendó el cuidado temporal del monasterio, sin ser el abad. Administró los bienes del monasterio, logró recuperar sus bienes, y reorganizó la hacienda agrícola haciéndola más productiva, e inició la restauración de los edificios y de la iglesia, y rodeó al monasterio de un muro de defensa para protegerlo de las frecuentes invasiones por aquellas tierras. Gorze se convirtió de este modo en el centro de la reforma monástica de Alemania.
El emperador Otón I le envió como embajador en el califato de Córdoba gobernado por Abderramán, donde estuvo durante dos años y logró el éxito de su misión. En el 967, fue elegido abad de Gorze y las reformas que introdujo se propagaron en muchas abadías benedictinas. Parece que estuvo dotado de una memoria prodigiosa. Murió -el domingo anterior al Miércoles de Ceniza, es decir en Quincuagésima- rodeado de la estima y admiración de todos cuantos le conocieron. Su culto está unido a la región y abadía de Gorze, Ménard lo registra en su martirologio benedictino el 27 de marzo.

Cuatro perspectivas para la bioética


En toda decisión humana, y especialmente en las que se refieren a la vida y a la muerte de las personas, podemos encontrar muchas perspectivas y aspectos a tener en cuenta. Queremos fijarnos ahora en cuatro perspectivas que tienen una gran relevancia en el mundo de la bioética.
La primera perspectiva nos pone ante la manera de conocer e interpretar la realidad. Nuestras decisiones nacen desde lo que pensamos. Algunos, por ejemplo, creen que el embrión humano es un puñado de células sin ninguna dignidad. Otros piensan que desde la concepción estamos ante una persona con alma espiritual y un valor incalculable. Hay quienes, como Peter Singer, creen que el valor de cada vida humana cambia según las cualidades que se tengan o se pierdan.
En el mundo de la medicina, esta perspectiva nos abre al complejo tema del diagnóstico: ¿cómo estar seguros a la hora de conocer qué tipo de enfermedad afecta a este enfermo? No siempre la respuesta resulta fácil, lo cual crea serios problemas en muchas situaciones.
Desde luego, el modo de pensar e interpretar los datos que aparecen ante nosotros depende en no poca medida de la cultura recibida, de experiencias y reflexiones personales, de intereses y de otros factores más o menos complejos. Lo importante es reconocer que antes de defender (o rechazar) a un hijo no nacido los partidarios de cada posición razonan desde ideas que tienen un papel clave en todo el proceso decisional.
La segunda perspectiva nos abre al horizonte de las posibilidades: ¿cómo se puede actuar en esta situación? ¿Qué se puede hacer en este caso? Se trata de conocer lo que es posible desde varios puntos de vista: técnico, legal, ético.
Un médico recibe a un enfermo. Si llega a alcanzar un buen conocimiento de la enfermedad (según la primera perspectiva), le resultará más fácil tener ante sí las posibles estrategias con las que buscar la deseada curación. Algunas serán más sencillas, otras más complejas. Algunas implicarán un alto costo, otras serán más económicas. Quizá alguna posibilidad terapéutica no esté todavía aprobada por la comunidad científica o por las autoridades públicas, lo cual lleva a una actitud de prudencia: un médico puede ser llevado a los tribunales si usa medicinas que están prohibidas (o no autorizadas) en un determinado país.
Desde las dos perspectivas anteriores, entramos a la tercera: la decisión. Reconocido el valor (algunos, por desgracia, no llegar a reconocer tal valor) de un ser humano, los médicos, los familiares, y en algunos casos los mismos pacientes, optan por alguna de las posibilidades consideradas como mejores para esta determinada situación.
Toda decisión supone, por lo tanto, una serie de valores y datos asumidos (primera perspectiva) y una mayor o menor comprensión de las posibilidades técnicas y legales (segunda perspectiva). Existen, como la experiencia nos recuerda, situaciones de conflicto, en las que algunas decisiones pueden ir contra las leyes o las normas deontológicas, como por ejemplo cuando un enfermo rechaza una transfusión de sangre por motivos religiosos, o cuando unos adultos piden que a uno de sus hijos pequeños le sea extirpado un riñón para curar a otro hijo.
Entramos, por fin, a la última perspectiva: los resultados. Tras tomar una decisión y ponerla en práctica, ¿qué beneficios o qué daños se producen en el enfermo? ¿Qué ocurre a los familiares y médicos implicados? Puede acontecer, por ejemplo, que una operación quirúrgica sea impecable desde el punto de vista técnico pero provoque costos tan elevados que la familia quede arruinada. O que una pareja solicite y obtenga el aborto de un feto considerado enfermo y tras la intervención se descubra que era perfectamente sano.
Los resultados influyen enormemente a la hora de repensar las ideas generales que orientan la propia vida (perspectiva primera) y de revisar lo que parece técnicamente eficaz pero no lo es (perspectiva segunda). Igualmente, los resultados refuerzan el propio punto de vista, si son vistos como satisfactorios, o lo ponen en crisis, si uno descubre más daños que beneficios tras haber aceptado una determinada terapia.
Tener presentes estas perspectivas ayuda a afrontar numerosos problemas sanitarios y otras cuestiones que son estudiadas en la bioética. Desde luego, no basta con reconocer en qué ámbito nos movemos: hay que saber sopesar seriamente si los conocimientos y valoraciones que uno asume son correctos o no.
Por eso, a la hora de afrontar temas tan complejos como los que se refieren a la vida y a la salud de los seres humanos, hace falta una seria reflexión sobre los fundamentos antropológicos y éticos que puedan conducir a una buena bioética y a decisiones correctas desde el punto de vista humano, médico y jurídico. FP

Evangelio del Lunes 27 de Febrero

Día Litúrgico: Lunes VIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 10,17-27): Un día que Jesús se ponía ya en camino, uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». Él, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 
Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».

«Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (...); luego, ven y sígueme»

Comentario: P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. (Barcelona, España)

Hoy, la liturgia nos presenta un evangelio ante el cual es difícil permanecer indiferente si se afronta con sinceridad de corazón.
Nadie puede dudar de las buenas intenciones de aquel joven que se acercó a Jesucristo para hacerle una pregunta: «Maestro bueno: ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Mc 10,17). Por lo que nos refiere san Marcos, está claro que en ese corazón había necesidad de algo más, pues es fácil suponer que —como buen israelita— conocía muy bien lo que la Ley decía al respecto, pero en su interior había una inquietud, una necesidad de ir más allá y, por eso, interpela a Jesús.
En nuestra vida cristiana tenemos que aprender a superar esa visión que reduce la fe a una cuestión de mero cumplimiento. Nuestra fe es mucho más. Es una adhesión de corazón a Alguien, que es Dios. Cuando ponemos el corazón en algo, ponemos también la vida y, en el caso de la fe, superamos entonces el conformismo que parece hoy atenazar la existencia de tantos creyentes. Quien ama no se conforma con dar cualquier cosa. Quien ama busca una relación personal, cercana, aprovecha los detalles y sabe descubrir en todo una ocasión para crecer en el amor. Quien ama se da.
En realidad, la respuesta de Jesús a la pregunta del joven es una puerta abierta a esa donación total por amor: «Anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres (…); luego, ven y sígueme» (Mc 10,21). No es un dejar porque sí; es un dejar que es darse y es un darse que es expresión genuina del amor. Abramos, pues, nuestro corazón a ese amor-donación. Vivamos nuestra relación con Dios en esa clave. Orar, servir, trabajar, superarse, sacrificarse... todo son caminos de donación y, por tanto, caminos de amor. Que el Señor encuentre en nosotros no sólo un corazón sincero, sino también un corazón generoso y abierto a las exigencias del amor. Porque —en palabras de san Juan Pablo II— «el amor que viene de Dios, amor tierno y esponsal, es fuente de exigencias profundas y radicales».

sábado, 25 de febrero de 2017

26 de Febrero - Roberto Drury

Roberto Drury, Beato
Presbítero y Mártir, 26 de Febrero

Martirologio Romano: En Londres, en Inglaterra, beato Roberto Drury, presbítero y mártir, que, acusado injustamente de participar en una conjura contra el rey Jacobo I, subió al patíbulo en Tyburn confesando a Cristo y revestido con el hábito eclesiástico para demostrar su dignidad sacerdotal († 1607).
Fecha de beatificación: 22 de noviembre de 1987, junto a otros 84 mártires de Inglaterra, Escocia y Gales, por el Papa Juan Pablo II.

Nace alrededor de 1567 en Buckinghamshire, Inglaterra. Estudió en el Colegio Inglés de Reims, Francia, en 1588, y luego en el Colegio Inglés de Valladolid, España, en 1590. Fue ordenado en Valladolid en 1593. Regresó a Inglaterra en 1593 como ministro de los católicos encubiertos en los alrededores de Londres, Inglaterra.
Fue uno de los firmantes de la «Ley de lealtad» del 31 de enero de 1603 elaborada por el Dr. William Bishop, que reconocía a la reina como soberana legal sobre la tierra, pero les permitía mantener lealtad al Papa en asuntos religiosos.
Cuando Jacobo I subió al trono, el rey demandó que los firmantes de esa directiva firmaran un nuevo juramento que reconocía su autoridad sobre asuntos espirituales. Roberto se negó, y fue detenido en 1606 por el crimen de ser sacerdote. Le ofrecieron su libertad si él firmara el juramento; él rechazó la oferta.
Fue ahorcado, descolgado, y descuartizado el 26 de febrero de 1607 en Tyburn, Londres Inglaterra.

Vidas arruinadas por la lujuria


Todos hemos conocido o hemos oído hablar de personas cuya vida ha quedado destrozada por el mal uso del sexo. Quizá en el arranque de sus desdichas hubiera mucho de pretendida ingenuidad. Y en el asentarse de la adicción, un silencioso alimentar las propias debilidades.
Eran “pequeñas tonterías”, “cosillas sin importancia”. “Probar, que no pasa nada”. “Nuevas emociones”. “Una simple concesión sin más trascendencia, que no hace mal a nadie. Además, lo hace todo el mundo... Somos humanos”.
Sin embargo, como ha señalado la Madre Angélica, los frutos de ese dejarse arrastrar por la adicción al sexo tienen un coste, para ti y para tu alma. Son errores personales que nada tienen de inofensivos. A partir del momento en que se sucumbe, ese error -el pecado- deja de ser algo imaginario para entrar en la propia vida. Ahora se trata de mi error, de mi pecado. Está en mi memoria. Es real. No es algo de lo que pueda desentenderme fácilmente.
Quien se haya dejado llevar por el desorden sexual debe pararse a pensar, y decidirse a tomar una ducha fresca, intelectualmente hablando, que le despierte de los engaños consigo mismo, y así valore debidamente esos actos, esos programas de televisión, esas películas, esas páginas de internet, esas revistas o libros que acostumbra a ver o a leer. Dicen que no tiene importancia, pero en el fondo saben bien que el pecado siempre tiene importancia. AA