Hay
una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus
actos, lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el
futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte del
crecimiento de la persona hacia su madurez.
Pero
hay también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La persona se encierra en
su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha y suciedad, destruye
su autoestima y se anula. El individuo se atormenta, se humilla, lucha consigo
mismo, pero al final de todos sus esfuerzos no se libera ni crece como persona.
Lo
propio del cristiano es vivir su experiencia de culpa ante un Dios que es amor
y solo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor. Esto da a su
culpa un peso y una seriedad absoluta. Pero al mismo tiempo lo libera del
hundimiento, pues sabe que, aun siendo pecador, es aceptado por Dios: en él
puede encontrar siempre la misericordia que salva de toda indignidad y fracaso.
Según
el relato, Pedro, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús
diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». La respuesta de Jesús no
podía ser otra: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí.
Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador, pero se sabe al mismo tiempo
aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por ese Dios revelado en
Jesús. JAP
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