miércoles, 4 de julio de 2018

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Feliz miercoles... 06


05 de Julio - Jorge Nichols y compañeros

Jorge Nichols y compañeros, Beatos
Mártires, 05 de Julio

Martirologio Romano: En Oxford, Inglaterra, beatos Jorge Nichols y Ricardo Yaxley, presbíteros, Tomás Belson, que se preparaba para el sacerdocio, y Hunfredo Pritchard, todos los cuales, también en tiempo de la misma reina Isabel I, por haber entrado el primero en Inglaterra como sacerdote, y los otros por colaborar con él, fueron condenados a muerte y sufrieron el suplicio en el patíbulo († 1589).
Fecha de beatificación: 22 de noviembre de 1987, junto a otros 81 mártires, por SS Juan Pablo II.

Jorge Nichols (1550-1589). Era natural de Oxford y se sabe que estudió en el Brasenose College, y que en 1581, deseando ser sacerdote, marchó a Reims en cuyo colegio inglés hizo los estudios y fue ordenado sacerdote por el cardenal Guisa, el 24 de septiembre de 1583. Un año más tarde volvía a Inglaterra y se le asignaba, como sitio de apostolado, su propia ciudad de Oxford y sus entornos. Pudo hacer, a lo largo de seis años, un sustancioso apostolado, logrando reconciliar muchas personas con la Iglesia. Era hombre de mucha virtud, agrado y cultura, cualidades que puso al servicio de la misión católica.
Ricardo Yaxley (1560-1589). Pertenecía a una familia del Suffolk. Había nacido en Boston, Lincolnshire, probablemente el año 1560. Marchó a estudiar a Reims, donde se ordenó sacerdote el 21 de septiembre de 1585 y cuatro meses después volvía a Inglaterra con otros tres sacerdotes. Se unió a su antiguo compañero de estudios, Roberto Dibdale, y posteriormente se asoció al P. Nichols en su misión de Oxford, aunque no se ha determinado la fecha que asociaron su apostolado, o quizás el motivo de estar con él en la misma posada era que había ido a verle por asuntos de dirección espiritual.
Tomás Belson (1564-1589). Era natural de Brill, junto a Ayslebury. Había sido seminarista en Reims, cuyo colegio dejó el año 1584. Estaba en la posada de Oxford para ver al P. Nichols, que era su confesor.
Hunfredo Pritchard. Era galés y vivía en Oxford; era criado de Catalina Welsh, la viuda católica dueña de la fonda en donde los cuatro fueron arrestados. Era un alma simple y honesta que durante doce años había prestado los más eficaces servicios a los católicos perseguidos.
El arresto se produjo a media noche, sin duda porque alguien avisó a la autoridad de la presencia de varios sacerdotes. Los tres huéspedes y el criado fueron arrestados -también lo fue la dueña del hostal pero no fue sometida a juicio- y llevados ante el vicecanciller, ante quien reconocieron que eran católicos. Él preguntó si había algún sacerdote entre ellos. El P. Nichols se presentó como tal y tuvo lugar seguidamente una discusión religiosa con el vicecanciller hasta que éste, dialécticamente acorralado, prefirió concluir. Enviados los sacerdotes a una cárcel y los seglares a otra y encadenados en ellas, un grupo de teólogos protestantes vino a dialogar con ellos e intentar su paso al protestantismo. El vicecanciller los interrogó de nuevo y quiso sacar de ellos con quiénes habían tratado. Pero mantuvieron su confesión católica con firmeza y no delataron a nadie.
Fueron llevados a Londres y presentados a Walsingham, quien les dijo que no sólo eran traidores sino perturbadores del orden público en el país, a lo que ellos replicaron que difundir el evangelio no podía ser calificado de desorden ni sedición. Fueron torturados con la intención de averiguar los nombres de las otras personas católicas, pero ninguno de ellos dijo nada. Entonces, fueron reenviados a Oxford para ser juzgados y condenados. El juicio tuvo lugar en el castillo de Oxford. Los cuatro, al oír la sentencia de muerte, dieron gracias a Dios y se abrazaron entre sí. Un ministro protestante le dijo a Hunfredo que era un pobre ignorante y que no sabía qué era ser católico. El dijo que sí lo sabía aunque no fuera capaz de explicarlo.
Para la ejecución pública concurrió mucha gente. Escarmentados de la capacidad del P. Nichols para explicar su fe católica, no se le dio permiso para hablar antes de ser ejecutado. Lo fue en primer lugar. Una vez ahorcado lo bajaron y el P. Yaxley se dirigió hacia el cadáver, lo abrazó y le dio gracias en público por haberlo guiado en el ministerio y haber sido para él un verdadero padre espiritual, y se encomendó a él en aquella hora tremenda. La conducta del joven sacerdote impresionó vivamente a la multitud. Seguidamente fue ahorcado, y al ser bajado, el siguiente mártir besó su cuerpo y se encomendó a él. Era Belson, que mostró en aquella hora una gran fortaleza y serenidad. Por último subió al patíbulo Pritchard con rostro sonriente y dijo a los presentes que los ponía como testigos de que no moría por otra cosa que por su fe católica. Las cabezas de los cuatro mártires fueron expuestas en el castillo de Oxford, mostrando serenidad y compostura en sus rostros, tanto que se mandó fueran expuestas en sitio menos público. Según la práctica habitual, fueron ahorcados, luego destripados y descuartizados.

Biosintex presenta los nuevos packs de Lacrigestina con su fórmula original

Como parte del plan integral de rediseño de sus packagings, Biosintex ahora renueva el pack de Lacrigestina, su lubricante ocular con más de 15 años en el mercado farmacéutico, manteniendo su fórmula original.
Su fórmula, contiene HPMC (hidroxipropilmetilcelulosa) y DEXTRAN 70, los principios activos más recomendados por los oftalmólogos para tratar el “ojo seco”.
Entre el 50 y el 70% de quienes trabajan más de 5 horas frente a una pantalla pueden tener problemas visuales. Más del 30% de las consultas al oftalmólogo se deben al “ojo seco” o “síndrome visual informático”, un problema de estos tiempos, dada la constante exposición a las pantallas de celulares, computadoras, tablets, entre otros dispositivos.
El síndrome del ojo seco se produce cuando en el ojo existe escasez o falta de lágrimas. La continúa producción y drenaje de lágrimas es muy importante dado que hacen que el ojo se mantenga húmedo y no quede desprotegido, expuesto a virus y bacterias que pueden causar irritaciones, alergias y conjuntivitis.
Lacrigestina forma una red tridimensional en la superficie del ojo, que al contacto con el agua la gota de “lágrima” queda atrapada en dicha red, logrando una mayor y más prolongada humectación del ojo.
La fórmula de Lacrigestina con HPMC (hidroxipropilmetilcelulosa) contribuye a mantener la humedad de la gota propiamente dicha y de la más mínima cantidad que el ojo pueda secretar, reforzando así la película de lágrimas naturales y lubricando los puntos secos que causan irritación. El Dextran 70 por su propiedad de retener agua complementa la fórmula de Lacrigestina.
Las lágrimas naturales del ojo son una membrana que se esparce a través del parpadeo, haciendo que su superficie se mantenga limpia y suave. Sin esa “membrana de lágrimas”, no es posible tener una visión clara. Lacrigestina genera que los ojos vuelvan a tener lágrimas, y se sienten naturalmente humectados y protegidos por más tiempo. BP

La fe de Santo Tomás

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión
“Tomás, ¿porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. Estas palabras del Señor resucitado quieren insinuarnos a reflexionar, un poco, sobre nuestra fe cristiana. Además, el hombre pascual, el hombre nuevo que debe nacer en nosotros es, particularmente, un hombre de fe.
El tema de la fe es muy actual, hoy en día, porque el mundo está pasando por una evidente crisis de fe. Existe el proceso lento de la des-cristianización, de una paralización y aún de una extinción de la fe en el hombre moderno, y hasta en nuestras propias filas.
El tiempo de hoy huye de Dios, lo reconoce en el mejor de los casos, solamente como idea. No tiene ya un claro concepto de la persona de Dios ni de su influencia personal frente al mundo y frente a los acontecimientos de nuestra época.
Quizás también a nosotros nos pase un día, que debamos constatar: En el fondo ya no creo más en lo que he creído antes. Se perdió mi entusiasmo, mi fervor religioso. Y no nos sentimos por eso demasiado tristes; lo constatamos simplemente.
Nuestra vida de fe, nuestra propia vida espiritual, tiene sus altos y bajos. Tenemos épocas, en que todo nos anda mal, en que nos cuesta rezar, confesarnos, buscar a Dios. Pero, ¿qué pasará si estos estados se reiteran y llegan a ser duraderos?
En todo caso no podemos mantener viva nuestra fe en el ambiente frío del mundo moderno sin llevar una vida auténticamente espiritual y sin tener orden en esa vida espiritual, sin tener tiempo para meditar y rezar, sin tener tiempo para los que piensan y luchan como nosotros.
En esta situación la Iglesia nos muestra hoy la actitud de Santo Tomás. Tomás es un verdadero hombre moderno, un realista y existencialista, que no cree en más que en lo que toca, que no quiere vivir de ilusiones, que tiene miedo que lo engañen: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”.
Lo que nos impresiona en el caso de Tomas, primero, que nos lo hace tan simpático y a la vez contemporáneo, es la violencia de su resistencia. Son muy duras las condiciones que pone para su rendición. Una dureza tan terrible no puede provenir más que de un terrible sufrimiento. Él no quiere arriesgarse de nuevo, porque ya ha sufrido demasiado, porque - probablemente - ha sufrido más que los otros por la Pasión y Muerte de Jesús.
La respuesta de Jesús a las exigencias de Tomás es inaudita: Jesús las acepta y se somete a ellas: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” y agrega Jesús: “No seas incrédulo, sino creyente”.
Y entonces. Santo Tomás, vencido por tanto amor y tanta indulgencia de Jesús se siente transportado a una altura, a la que nadie ha llegado y exclama: “¡Señor mío y Dios mío!” Es el primero que llega con su fe hasta este extremo. Hasta ahora, ningún apóstol ha dicho a Jesús: tú eres mi Dios. De ese pobre Tomás, escéptico y exigente, obtiene Jesús uno de los actos de fe más hermosos de todo el Evangelio.
¿Y nosotros? Nosotros no vemos ni tocamos al Señor como Tomás. Sin embargo, nos pasa lo mismo que a él: Jesús está con nosotros, aún y sobre todo en medio de nuestra duda e incredulidad para apoyarnos y fortalecernos.
Nuestras crisis de fe son crisis de crecimiento y nos sirven para ser más adultos en nuestra fe, para acercarnos más y más a Dios. Los obstáculos son ocasiones de ascensión tal como la presa que obliga al agua a elevarse para darle una potencia nueva.
Porque la fe es una aventura permanente, un desafío continuo, un largo camino que tenemos que andar. Y cuándo adelantamos en este camino, tanto más debemos hacer saltos de fe. Es lo que dice San Pedro en una de sus cartas. “Tenemos que sufrir pruebas, para que sea purificada nuestra fe, como el oro por el fuego”.
Queridos hermanos, pidamos por eso en esta Eucaristía pascual, que Dios nos haga madurar y crecer en nuestra fe. Y que nuestras crisis de fe sean sólo crisis de crecimiento en nuestro caminar hacia la Casa del Padre.
Y pidámosle también a María, Madre de la fe, que nos regale la gracia de una fe firme y profunda en su Hijo Jesús, el Señor resucitado. NS

Evangelio del Jueves 05 de Julio

Día litúrgico: Jueves XIII (B) del T.O.

Texto del Evangelio (Mt 9,1-8): En aquel tiempo, subiendo a la barca, Jesús pasó a la otra orilla y vino a su ciudad. En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados». Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Éste está blasfemando». Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice entonces al paralítico—: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»

Comentario: Rev. D. Francesc NICOLAU i Pous (Barcelona, España)

Hoy encontramos una de las muchas manifestaciones evangélicas de la bondad misericordiosa del Señor. Todas ellas nos muestran aspectos ricos en detalles. La compasión de Jesús misericordiosamente ejercida va desde la resurrección de un muerto o la curación de la lepra, hasta perdonar a una mujer pecadora pública, pasando por muchas otras curaciones de enfermedades y la aceptación de pecadores arrepentidos. Esto último lo expresa también en parábolas, como la de la oveja descarriada, la didracma perdida y el hijo pródigo.
El Evangelio de hoy es una muestra de la misericordia del Salvador en dos aspectos al mismo tiempo: ante la enfermedad del cuerpo y ante la del alma. Y puesto que el alma es más importante, Jesús comienza por ella. Sabe que el enfermo está arrepentido de sus culpas, ve su fe y la de quienes le llevan, y dice: «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2).
¿Por qué comienza por ahí sin que se lo pidan? Está claro que lee sus pensamientos y sabe que es precisamente esto lo que más agradecerá aquel paralítico, que, probablemente, al verse ante la santidad de Jesucristo, experimentaría confusión y vergüenza por las propias culpas, con un cierto temor a que fueran impedimento para la concesión de la salud. El Señor quiere tranquilizarlo. No le importa que los maestros de la Ley murmuren en sus corazones. Más aun, forma parte de su mensaje mostrar que ha venido a ejercer la misericordia con los pecadores, y ahora lo quiere proclamar.
Y es que quienes, cegados por el orgullo se tienen por justos, no aceptan la llamada de Jesús; en cambio, le acogen los que sinceramente se consideran pecadores. Ante ellos Dios se abaja perdonándolos. Como dice san Agustín, «es una gran miseria el hombre orgulloso, pero más grande es la misericordia de Dios humilde». Y en este caso, la misericordia divina todavía va más allá: como complemento del perdón le devuelve la salud: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mt 9,6). Jesús quiere que el gozo del pecador convertido sea completo.
Nuestra confianza en Él se ha de afianzar. Pero sintámonos pecadores a fin de no cerrarnos a la gracia.