domingo, 25 de junio de 2017

Perdonar 04


Evangelio del Lunes 26 de Junio

Día Litúrgico: Lunes XII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 7,1-5): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».

«Con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá»

Comentario: Rev. D. Jordi POU i Sabater (Sant Jordi Desvalls, Girona, España)

Hoy, el Evangelio me ha recordado las palabras de la Mariscala en El caballero de la Rosa, de Hug von Hofmansthal: «En el cómo está la gran diferencia». De cómo hagamos una cosa cambiará mucho el resultado en muchos aspectos de nuestra vida, sobre todo, la espiritual.
Jesús dice: «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mt 7,1). Pero Jesús también había dicho que hemos de corregir al hermano que está en pecado, y para eso es necesario haber hecho antes algún tipo de juicio. San Pablo mismo en sus escritos juzga a la comunidad de Corinto y san Pedro condena a Ananías y a su esposa por falsedad. A raíz de esto, san Juan Crisóstomo justifica: «Jesús no dice que no hemos de evitar que un pecador deje de pecar, hemos de corregirlo sí, pero no como un enemigo que busca la venganza, sino como el médico que aplica un remedio». El juicio, pues, parece que debiera hacerse sobre todo con ánimo de corregir, nunca con ánimo de venganza.
Pero todavía más interesante es lo que dice san Agustín: «El Señor nos previene de juzgar rápida e injustamente (...). Pensemos, primero, si nosotros no hemos tenido algún pecado semejante; pensemos que somos hombres frágiles, y [juzguemos] siempre con la intención de servir a Dios y no a nosotros». Si cuando vemos los pecados de los hermanos pensamos en los nuestros, no nos pasará, como dice el Evangelio, que con una viga en el ojo queramos sacar la brizna del ojo de nuestro hermano (cf. Mt 7,3).
Si estamos bien formados, veremos las cosas buenas y las malas de los otros, casi de una manera inconsciente: de ello haremos un juicio. Pero el hecho de mirar las faltas de los otros desde los puntos de vista citados nos ayudará en el cómo juzguemos: ayudará a no juzgar por juzgar, o por decir alguna cosa, o para cubrir nuestras deficiencias o, sencillamente, porque todo el mundo lo hace. Y, para acabar, sobre todo tengamos en cuenta las palabras de Jesús: «Con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,2).

sábado, 24 de junio de 2017

Regar el amor...


No todo...


Cuando empiezas...


25 de Junio - Juan el hispano

Juan el hispano, Beato
Monje, 25 de Junio

Martirologio Romano: En la Cartuja de Le Réposoir, en Saboya, beato Juan, llamado «el hispano», monje, que escribió los estatutos para las monjas de la Cartuja. (1160)
Fecha de beatificación: Culto confirmado en 1864 por el Papa Pío IX

Juan nació en 1123, probablemente en Almanza, en León, España. Fue un joven estudioso y, a la edad de trece años, viajó a Francia con un compañero, en busca de las facilidades para su educación que no podía encontrar en su ciudad natal ni en los alrededores. Los dos jóvenes se establecieron en Arlés, donde encontraron excelentes maestros y pasaron grandes miserias. Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que Juan quedase favorecido por la amistad de un hombre rico que, incluso, lo llevó a vivir en su casa. Al terminar los estudios, Juan se despidió de su generoso amigo y se unió a un ermitaño, con quien estuvo dos años y medio en el aprendizaje para el ejercicio de la vida espiritual. Después consiguió ser recibido en el priorato de los cartujos de Montrieu, o Mons Rivi, y, desde el momento en que ingresó al noviciado, se dedicó con entusiasmo a seguir los pasos de san Bruno. Durante seis años desempeñó el cargo de sacristán y, poco después, se le eligió como prior. Con la autoridad de su puesto, dio gran impulso a la cultura en su convento y él mismo se dedicó a copiar y a corregir manuscritos.
Al término del desempeño de su cargo, al que renunció, según se tiene entendido, fue transferido a la Gran Cartuja. San Antelmo, por entonces superior del gran monasterio, tuvo una profunda estimación por Juan. Cuando Haimo de Fulciano pidió el envío de algunos cartujos para hacer una fundación en uno de sus terrenos, cerca del lago de Ginebra, san Antelmo eligió a Juan para que fuese el prior del nuevo establecimiento. Hubo muchos contratiempos pura que empezara a funcionar, pero una vez establecido, floreció extraordinariamente; el prior Juan llamó a su monasterio el «Reposoir» (descanso), por el ambiente de tranquilidad que prevalecía en él. A solicitud de san Antelmo, realizó Juan todavía otra tarea: la recopilación de una constitución para las monjas cartujas.
Luego de gobernar la comunidad del Reposoir durante nueve años, el beato Juan murió, hacia el 1160. Por expreso deseo suyo fue sepultado junto a dos pastores que perecieron durante un alud de nieve y a quienes él mismo había enterrado. Sobre su tumba se erigió una capilla, pero en 1649 se trasladaron sus restos a la sacristía de la iglesia del monasterio. Esta traslación se practicó por orden de Carlos Augusto de Sales, obispo de Ginebra y sobrino de san Francisco de Sales; el propio obispo redactó la orden de traslación y le agregó un relato sobre la manera como se desarrolló el acto, así como una breve narración sobre la vida de Juan. Ese escrito se conserva todavía.

Invierno - Consejos para prevenir el contagio de patologías y alergias


El 21 de junio comienza oficialmente el invierno, pero los primeros fríos intensos ya se hacen sentir y, con el descenso de temperatura, también aparecen las alergias y patologías estacionales. 
Si bien alergias y enfermedades del invierno pueden confundirse, cada una tiene sus características y tratamiento particulares. En el primer grupo, los síntomas más frecuentes poco después de haber tomado contacto con la sustancia que produce la alergia son picazón en nariz, boca, ojos, garganta, piel o en cualquier área, problemas con el olfato, secreción nasal, estornudos y ojos llorosos. 
Y en una segunda etapa surgen la congestión nasal, tos, oídos tapados y disminución del sentido del olfato, dolor de garganta, hinchazón debajo de los ojos, fatiga, irritabilidad y dolor de cabeza. 
En la mayoría de los casos de alergia, tras pruebas cutáneas y un examen de laboratorio (hemograma), los profesionales indican antihistamínicos que permiten mejorar y aliviar las reacciones de forma rápida y efectiva. En situaciones específicas, se prescriben corticoesteroides nasales en aerosol o vacunas, cuando los síntomas son difíciles de controlar. 
Por su lado, las patologías típicas del frío, que afectan sobre todo a niños menores de cinco años y adultos mayores, incluyen resfrío, gripe, bronquitis, faringitis y neumonía, así como también intoxicaciones por monóxido de carbono. 
Dentro de este grupo de enfermedades, causadas generalmente por virus y bacterias, el resfrío es la más leve, con una duración de tres a cinco días, mientras que la gripe, la bronquitis – especialmente la aguda –, y la faringitis requieren tratamientos más puntuales, en tanto que la neumonía se constituye como la principal causa de internación en esta época del año. 
Frente a este panorama, el Dr. Silvio Luis Aguilera, Director Médico de vittal, comparte consideraciones y consejos para evitar el contagio y propagación de gérmenes:
  • Ventilar la casa diariamente durante aproximadamente unos 20 minutos.
  • Cubrirse la boca al toser o estornudar usando el antebrazo, no las manos.
  • Lavarse las manos de manera habitual con agua y jabón.
  • Evitar los cambios bruscos de temperatura.
  • En caso de integrar alguno de los grupos más vulnerables, como adultos mayores, niños o embarazadas, vacunarse contra la influenza y el neumococo es la medida de prevención más eficaz.
  • Evitar el contacto directo con personas contagiadas.
  • Consumir alimentos con alto porcentaje de vitamina C.
  • Utilizar pañuelos descartables para no estar constantemente “reinfectándose” las propias manos.

Nuestros miedos


Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos. JAP

Si Dios me concediese ver mi alma


Si Dios me concediese ver mi alma tal cual es, quizá sentiría una pena profunda al descubrirla tan llena de egoísmo, de maldad, de pecados. Quizá me dominaría un sentimiento de terror ante tanta oscuridad, tanta miseria, tantas cobardías.
Pero si Dios me concediera ver mi alma plenamente, en toda su pobreza y en toda su riqueza, descubriría también que está envuelta por un Amor inmenso, misericordioso, magnífico. Vería con claridad que Dios me ama.
Me ama, porque me ha creado. Me ama, porque me ha redimido. Me ama, porque conoce que soy débil. Me ama, porque quiere sacarme del pecado. Me ama, porque me ha enseñado el camino del Reino. Me ama entrañablemente, con amor de Padre, y por eso me pide que también yo empiece a amar a mis hermanos.
Debe ser una gracia maravillosa: descubrir que Dios, Amor, está más dentro que lo íntimo de mi alma, y que está por encima de lo más alto de mis pensamientos. Lo decía san Agustín, y podemos experimentarlo cada uno si podemos ver, desde la luz del Espíritu Santo, nuestra propia alma.
Si Dios me concediese ver mi alma tal cual es, le pediría simplemente que me ayudase a fijarme más en su mirada que en mis miserias. Y que me concediese también la gracia de poder susurrar, los días que me queden de vida, a tantos corazones que están a mi lado que también ellos tienen en los cielos un Padre misericordioso que los busca, que los espera, que los ama.
Su mirada sostiene mis pasos. Su amor explica mi vida. Su verdad me enseña el camino. Su misericordia perdona mis pecados. Su justicia me pide acabar con el egoísmo. Su paciencia salva muchas almas y me pide un poco de paciencia y comprensión para ese familiar, ese amigo, esa persona que me ha hecho tanto daño...
Si Dios me concediese ver mi alma... FP

Tú eres mi refugio...