Caemos con
frecuencia: por egoísmo, por miedo, por deseos malsanos de placer, por
superficialidad, por avaricia, por envidia, por ira, por pereza.
Cada pecado es
una caída. La herida queda. El corazón empieza a sentir pena. Hubiera sido tan
fácil evitar aquella falta...
Pero no podemos
quedarnos ahí, en la derrota. Hay que asumir la propia responsabilidad,
reconocer el propio pecado, y levantarse.
Necesitamos,
para ello, humildad: nos cuesta confesar la propia culpa, aceptar que fuimos
torpes, imprudentes, maliciosos.
Necesitamos,
sobre todo, la ayuda de la gracia: esa cercanía de Dios que ilumina nuestra
mente para reconocer el pecado y que mueve la voluntad para pedir perdón.
Con esa gracia,
que viene del Corazón de Cristo, podemos volver a empezar. Seguramente habrá
que reparar daños, pedir perdón a quienes hayamos ofendido y, sobre todo,
confiar en la misericordia.
Tal vez una voz
susurra en nuestro interior que volveremos a caer, que seguiremos siendo
frágiles, que la lucha no alcanzará victorias decisivas.
Esa voz no nos
desanimará si confiamos en Dios, que nunca se cansa de perdonar, y si
aprendemos a poner medios concretos para apartarnos de las ocasiones próximas
de pecado.
La caída no
cierra las puertas del amor misericordioso de Dios, si sabemos mirarle, con
pena por haberle ofendido, y con una inmensa confianza en su misericordia.
Caer y
levantarse: así transcurre nuestra vida, con un deseo inmenso de romper con el
pecado y, sobre todo, con la alegría de esa inmensa experiencia de un Dios que
es Padre misericordioso y cercano... FP
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