Dichosos los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos
(Mt 5,10). Dichosos serán ustedes
cuando los seres humanos los odien, los expulsen, los injurien y proscriban su
nombre como malo, por causa del Hijo del hombre; ¡ay de ustedes cuando todos
los halaguen, porque de la misma manera trataron a los falsos profetas en tiempos
de sus antepasados! (Lc 6,22.26).
Aceptar cada día el camino del evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es
santidad (Gaudete et exultate, 94).
La
bienaventuranza de los perseguidos es una de las cuatro que testifican tanto
Mateo como Lucas y es la única a la que sigue un breve comentario del mismo
Jesús. El elemento que mejor distingue y caracteriza las dos versiones es el
motivo por el cual se es perseguido: “por causa del Hijo del hombre” para
Lucas, y “por la justicia” según Mateo.
No todo perseguido
entra en la categoría de los que Jesús llama ‘bienaventurados’, ni siempre
podrá ser considerado mártir. Al respecto, Jesús recomendó a sus discípulos una
actitud básica: “Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra” (Mt 10,23). En efecto, la persecución no
se provoca por el perseguido, y siempre el martirio será el último recurso para
defender la fe y la verdad en el nombre de Cristo.
En la versión
de Mateo, cuando subraya: “Bienaventurados serán ustedes cuando los injurien, y
los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi
causa”, se refleja la preocupación por distinguir la persecución con motivo de
la justicia y la que tiene otra causa.
Cristo fue
perseguido en verdad y ‘por causa de la justicia’. Un primer momento de
persecución y angustia lo vive la sagrada familia en la huida a Egipto y la
matanza de los inocentes (cf Mt 2,13-18);
en ella, como en toda persecución, se manifiesta la oposición de las tinieblas
a la luz: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Desde su nacimiento hasta su muerte en cruz, Cristo
estará bajo el signo de la persecución. Su vuelta de Egipto (cf Mt 2,15) recuerda el Éxodo (cf Os 11,1) y presenta a Jesús como el
liberador definitivo (cf CATECISMO de la
IGLESIA CATÓLICA, 530). Sus discípulos son invitados por el mismo Jesús a
compartir la persecución con él (cf Jn
15,20).
El apóstol
Pedro distinguía ya entre sufrir la persecución por ser cristiano y padecer por
ser “homicida, ladrón o malhechor” (1 Pe
4,15-16). También Pablo con frecuencia exhorta a los creyentes para que no
den motivo de censura con su comportamiento. Los primeros predicadores
cristianos exponían también la posibilidad de que la persecución pudiera estar
determinada por la conducta incoherente de los cristianos y no sólo por el odio
al nombre de los seguidores de Cristo.
En los libros
sapienciales de la Biblia encontramos una referencia a la conciencia y sus
remordimientos o libertad: “Huye el impío, sin que nadie lo persiga, mas el
justo se mantiene a pie firme como un león, sin asustarse de nada” (Prov 28, l). El libro de Job presenta
el ‘corazón’ como testigo de la moralidad: “Mi corazón no me condena” (Job 27,6). Si alguna vez pasáramos por
alguna persecución deberíamos unirnos a san Dimas, el buen ladrón sobre la
cruz, y exclamar como él: “Nosotros sufrimos con razón un suplicio, porque lo
merecemos; en cambio, éste ningún mal ha hecho” (Lc 23,41). Esta referencia ayuda a los creyentes a no caer en
inútiles complejos de persecución, frente a la creciente hostilidad del mundo
secularizado. La actitud ideal del discípulo de Cristo, en relación con la
oposición al mundo, la traza el apóstol Pablo cuando dice: “Si nos insultan,
bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. Si nos difaman, respondemos con
bondad” (1 Cor 4,12- 13). Como
discípulos misioneros de Cristo –además de orar por el pueblo de Dios– podemos
ayudar a nuestra propia familia y a la comunidad a discernir los signos de la
verdadera persecución y la conducta que hay que enmendar. JRPC
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