domingo, 2 de julio de 2017

Evangelio del Lunes 03 de Julio

Día Litúrgico: Lunes XIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Jn 20,24-29): Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». 
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

«Señor mío y Dios mío»

Comentario: + Rev. D. Joan SERRA i Fontanet (Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de santo Tomás. El evangelista Juan, después de describir la aparición de Jesús, el mismo domingo de resurrección, nos dice que el apóstol Tomás no estaba allí, y cuando los Apóstoles —que habían visto al Señor— daban testimonio de ello, Tomás respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).
Jesús es bueno y va al encuentro de Tomás. Pasados ocho días, Jesús se aparece otra vez y dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20,27).
—Oh Jesús, ¡qué bueno eres! Si ves que alguna vez yo me aparto de ti, ven a mi encuentro, como fuiste al encuentro de Tomás.
La reacción de Tomás fueron estas palabras: «Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). ¡Qué bonitas son estas palabras de Tomás! Le dice “Señor” y “Dios”. Hace un acto de fe en la divinidad de Jesús. Al verle resucitado, ya no ve solamente al hombre Jesús, que estaba con los Apóstoles y comía con ellos, sino su Señor y su Dios.
Jesús le riñe y le dice que no sea incrédulo, sino creyente, y añade: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,28). Nosotros no hemos visto a Cristo crucificado, ni a Cristo resucitado, ni se nos ha aparecido, pero somos felices porque creemos en este Jesucristo que ha muerto y ha resucitado por nosotros.
Por tanto, oremos: «Señor mío y Dios mío, quítame todo aquello que me aparta de ti; Señor mío y Dios mío, dame todo aquello que me acerca a ti; Señor mío y Dios mío, sácame de mí mismo para darme enteramente a ti» (San Nicolás de Flüe).

sábado, 1 de julio de 2017

La Fe...


Calma las aguas...


02 de Julio - Liberato y Compañeros

Liberato y Compañeros, Santos
Mártires, 02 de Julio

Martirologio Romano: Conmemoración de los santos mártires Liberato, abad, Bonifacio, diácono, Servo y Rústico, subdiáconos, Rogato y Septimio, monjes, y el niño Máximo, quienes en Cartago, durante la persecución desencadenada por los vándalos bajo el rey arriano Hunnerico, por confesar la verdadera fe católica y un solo bautismo, fueron sometidos a crueles tormentos, clavados a los maderos con los que iban a ser quemados y golpeados con remos hasta que sus cabezas quedaron deshechas, triunfando ellos brillantemente, por lo que merecieron ser coronados por el Señor († 484).

Grandes fueron los estragos que hizo en África el furor del rey vándalo llamado Hunnerico, que seguía la secta de los herejes arrianos; pero en el año séptimo de su reinado, publicó un edicto sobremanera impío y sacrílego, por el cual mandaba que se arrasasen todos los monasterios, y se profanasen todas las iglesias consagradas a honra de la santísima Trinidad.
Vinieron, pues, los soldados de Hunnerico a un convento de monjes que vivían con gran ejemplo y opinión de santidad, bajo del gobierno del santo abad Liberato, entre los cuales se hallaba el diácono Bonifacio, los subdiáconos Servo y Rústico, y los santos monjes Rogato, Séptimo y el niño Máximo: habiendo los bárbaros derribado las puertas del monasterio, maltrataron con gran inhumanidad a aquellos inocentes siervos del Señor, y los llevaron presos a Cartago, y al tribunal de Hunnerico.
Les ordenó el tirano que negasen la fe del bautismo y de la santísima Trinidad; mas ellos confesaron con gran conformidad, un solo Dios en tres Personas, una sola fe y un solo bautismo: y añadió en nombre de todos san Liberato: «Ahora, oh rey impío, ejercita, si quieres, en nuestros cuerpos las invenciones de tu crueldad; pero entiende que no nos espantan los tormentos, y que estamos prontos a dar la vida en defensa de nuestra fe católica». Al oír el hereje estas palabras, bramó de rabia y furor, y mandó que le quitasen de delante aquellos hombres y los encerrasen en la más obscura y hedionda cárcel.
Pero los católicos de Cartago hallaron modo de persuadir a los guardias, que soltasen a los santos monjes; y aunque éstos no quisieron verse libres de las prisiones que llevaban por amor de Cristo, aprovecharon alguna libertad que se les concedió en la misma cárcel, para esforzar a otros muchos cristianos que por la misma fe estaban cargados de cadenas, esta novedad llegó a oídos del tirano, quien ordenó severo castigo a los guardas, y despiadados suplicios a los santos monjes. Dio luego orden que aprestasen un bajel inútil y carcomido, y que habiendo echado en él buena cantidad de leña, pusiesen sobre ella a los santos confesores atados de pies y manos, y los quemasen en el mar, Mas aunque los verdugos una y muchas veces aplicaron teas encendidas en las ramas secas amontonadas en el barco, nunca pudo prender en ellas el fuego. Atribuyó el bárbaro monarca aquel soberano prodigio a artes diabólicas y de encantamiento: y bramando de rabia, mandó que a golpes de remos les quebrasen las cabezas hasta derramarles los sesos, y los echasen en la mar. Arrojaron las olas a la playa los sagrados cadáveres de los santos mártires; y habiéndolos recogido los católicos los sepultaron honoríficamente.

Cómo organizar la dieta en invierno para comer saludable y no aumentar de peso


Con el frío tendemos a comer más. Refugiados en la excusa de que necesitamos “más combustible”, elegimos comidas más calóricas y nos damos permiso para comer mayores cantidades. Y a esto sumamos la reducción del ejercicio físico por el cambio de clima. 
Por estas dos principales causas, es que la correcta selección de alimentos se vuelve fundamental para atravesar el invierno de una manera saludable y sin aumentar de peso. 
“Por lo general, las bajas temperaturas hacen que dejemos de lado el consumo de ciertos alimentos como las frutas y las verduras utilizando como remplazo los hidratos de carbono (arroz, papa, fideos, y batata, entre otras). Y esto es un error ya que las frutas y las verduras deben formar parte del menú diario”, explica Teresa Cóccaro, Licenciada en Nutrición y responsable del área en INEBA 
Muchas frutas, sobre todo los cítricos (naranja, mandarina, kiwi), aportan vitamina C, un antioxidante que previene enfermedades y con un consumo diario regula y aumenta las defensas. Durante los meses fríos se recomienda consumir dos frutas por día: una cítrica y la otra no necesariamente tiene que ser fresca, sino que puede ser cocida en forma de compota o asada. 
En relación a las verduras, lo conveniente es reemplazar el consumo de ensaladas (ya que el cuerpo precisa de comidas calientes) por vegetales cocidos de estación. Los mismos pueden ser cocinados al vapor, al horno o salteados con aceite en aerosol, y presentados en formato de budines, puré o soufflé acompañando las carnes (pollo, pescado o carne roja). 
“Entre los vegetales de estación encontramos calabaza, remolacha, zapallito, berenjena, acelga, espinaca, brócoli, coliflor y zanahoria. Cuanto más color haya en el plato, mayor será el aporte de vitaminas y minerales. A su vez, las frutas secas también son una opción saludable”, enumera la especialista. 
En lo que respecta a los lácteos, es aconsejable remplazar el yogurt solo o con cereales y/o frutas secas por un vaso diario de leche tibia con cereales o frutas secas. Se le puede agregar también una cucharadita de cacao amargo que aporta una buena cantidad de proteínas y calcio. 
En cuanto a los carbohidratos, en el desayuno o merienda se deben incorporar panes o cereales integrales, de salvado o con semillas, o bien algunas galletitas dulces sin relleno como pueden ser las vainillas, byscuits, de maicena o lacteadas. 
Al momento de almorzar y cenar, es recomendable comer arroces, lentejas, polenta, papas o fideos solo dos veces por semana. Los mismos se pueden combinar en guisados saludables con salsa de tomate natural y carne magra o pollo; en pastel de carne con base de calabaza o pastas con salsa de tomate natural o pesto (esta última es una opción muy completa, saludable y de bajo aporte calórico). 
Para acompañar estas comidas, se recomienda consumir sopas de verduras o caldo y tomar agua a través de la ingesta de infusiones calientes que permiten regular la temperatura corporal como té, mate cocido y mate. 
Ante la tentación de acompañar un café con algo dulce, el chocolate no está prohibido. Se puede optar entre barritas de chocolate amargo, frutas secas o almendras con chocolate, obleas de chocolate o algunas masitas secas. 
“Como en toda recomendación nutricional, no se trata de no comer sino de controlar la cantidad, modificar el método de cocción (evitar las frituras es muy importante) y acompañar la rutina alimentaria con actividad física, al menos dos o tres veces por semana durante 30 minutos”, concluye la Lic. Cóccaro.

Diagnósticos ¿para curar o para matar?


¿Será un progreso de la medicina el diagnóstico prenatal? Lo será, ciertamente, si ayuda a la madre a vivir con mayor serenidad el embarazo, a los padres a aceptar al hijo que llega, a los médicos para analizar si exista algún tratamiento para curar al pequeño antes, durante o inmediatamente después del parto.
Lo será si el diagnóstico prenatal se realiza en condiciones de máxima seguridad: sin poner en peligro la vida o la salud de la madre y del hijo.
Un diagnóstico como la amniocentesis, por ejemplo, implica un riesgo no pequeño de daños, incluso de muerte, aproximadamente en un 1 % de los casos. Lo cual es un dato suficientemente claro como para no optar por un método que, usado supuestamente para ayudar al hijo, puede provocarle la muerte.
Algunos añaden que el diagnóstico prenatal es un progreso porque “impide” que los padres transmitan enfermedades genéticas a sus hijos. Pero no todos perciben un enorme engaño en el uso del diagnóstico con este fin “preventivo”. Porque nunca es “prevenir” que se transmita una enfermedad genética el usar el diagnóstico para individuar a un hijo enfermo y eliminarlo con un aborto selectivo, injusto y discriminatorio.
Necesitamos abrir los ojos para descubrir que un diagnóstico no puede convertirse en un permiso para matar. No se eliminan las enfermedades a base de eliminar a los enfermos. No se reduce la transmisión de ciertos daños genéticos o malformaciones en los embriones y fetos con la decisión de recurrir a un aborto mal llamado “terapéutico”.
El aborto selectivo no previene nada: elimina, pues la transmisión de la enfermedad ya se produjo con la concepción de un nuevo hijo. Nunca será un acto terapéutico (es decir, curativo) destruir a los hijos antes de su nacimiento.
Frente a quienes promueven y realizan diagnósticos desde la lógica de la muerte, podemos responder con la lógica del amor y de la acogida. Cada embrión humano vale simplemente por lo que es. Es hijo, ha empezado a existir desde unos padres, vive (y seguirá viviendo) desde el amor que encuentre en ellos y en tantos hombres y mujeres de buena voluntad.
En esta lógica, el diagnóstico prenatal puede ser realizado sólo si es seguro y si sirve para ayudar, para asistir, para atender de la mejor manera posible al hijo y a la madre durante el tiempo de embarazo. Será usado, entonces, con su verdadero fin terapéutico, según la medicina que ha sido y es llevada a cabo por miles de profesionales abiertos a la vida, empapados de un auténtico sentido de la justicia, y promotores de la asistencia a todos, sanos y enfermos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, sin discriminaciones. FP

Lo que haces...


En la vida...


Ayer y hoy...


Evangelio del Domingo 02 de Julio

Día Litúrgico: Domingo XIII (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 10,37-42): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 
»Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. 
Quien a vosotros recibe, a mí me recibe»

Comentario: P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, al escuchar de boca de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…» (Mt 10,37) quedamos desconcertados. Ahora bien, al profundizar un poco más, nos damos cuenta de la lección que el Señor quiere transmitirnos: para el cristiano, el único absoluto es Dios y su Reino. Cada cual debe descubrir su vocación —posiblemente esta es la tarea más delicada de todas— y seguirla fielmente. Si un cristiano o cristiana tienen vocación matrimonial, deben ver que llevar a cabo su vocación consiste en amar a su familia tal como Cristo ama a la Iglesia. 
La vocación a la vida religiosa o al sacerdocio pide no anteponer los vínculos familiares a los de la fe, si con ello no faltamos a los requisitos básicos de la caridad cristiana. Los vínculos familiares no pueden esclavizar y ahogar la vocación a la que somos llamados. Detrás de la palabra “amor” puede esconderse un deseo posesivo del otro que le quita libertad para desarrollar su vida humana y cristiana; o el miedo a salir del nido familiar y enfrentarse a las exigencias de la vida y de la llamada de Jesús a seguirlo. Es esta deformación del amor la que Jesús nos pide transformar en un amor gratuito y generoso, porque, como dice san Agustín: «Cristo ha venido a transformar el amor». 
El amor y la acogida siempre serán el núcleo de la vida cristiana, hacia todos y, sobre todo, hacia los miembros de nuestra familia, porque habitualmente son los más cercanos y constituyen también el “prójimo” que Jesús nos pide amar. En la acogida a los demás está siempre la acogida a Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Mt 11,40). Debemos ver, pues, a Cristo en aquellos a quien servimos, y reconocer igualmente a Cristo servidor en quienes nos sirven.