martes, 3 de julio de 2018

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04 de Julio - María Crucificada Curcio

María Crucificada Curcio, Beata
Fundadora de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús, 04 de Julio

Martirologio Romano: En Santa Marinella, Italia, beata María Crucificada Curcio, virgen y fundadora de la congregación de las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús († 1957).

Nació en Ispica (Sicilia, Italia) el 30 de enero de 1877. Era la séptima de diez hijos. Vivió su infancia en un ambiente familiar cultural y socialmente elevado. Dotada de gran inteligencia y un carácter alegre y decidido, manifestó durante su adolescencia una marcada tendencia a la piedad y a la solidaridad con los más necesitados y marginados.
En su casa recibió una severa educación, con principios muy rígidos, en razón de los cuales su padre, siguiendo las costumbres de la época, no le permitió seguir estudiando después de la escuela primaria. Eso le costó mucho, pues sentía una gran sed de conocimientos, que saciaba con los libros de la biblioteca familiar. Así pudo leer el “Libro de la vida” de santa Teresa de Jesús, que ejerció un gran impacto en ella, impulsándola a conocer y amar el Carmelo, y abriéndola al “estudio de las cosas celestiales”.
En 1890, a la edad de trece años, obtuvo, aunque con dificultad, el permiso de inscribirse en la Tercera Orden Carmelitana, recién constituida en Ispica. Visitaba con frecuencia el santuario de la Virgen del Carmen, cultivando una intensa devoción a María, “que le había robado el corazón desde su infancia”, y le había encomendado la misión de “hacer que volviera a florecer el Carmelo”. Profundizando en la espiritualidad carmelitana comprendió el plan de Dios para ella.
Queriendo compartir el ideal de un Carmelo misionero que uniera la dimensión contemplativa con la apostólica, inició una experiencia de vida común con algunas compañeras terciarias en un apartamento de su casa paterna. Luego se trasladó a Modica, para dirigir la casa “Carmela Polara” para la acogida y asistencia de muchachas huérfanas o necesitadas.
Después de años de pruebas y tribulaciones con el vano intento de que su obra fuera reconocida oficialmente por la autoridad eclesiástica local, por fin encontró apoyo en el padre Lorenzo van den Eerenbeemt, de la Orden Carmelita de la antigua observancia.
El 17 de mayo de 1925 viajó a Roma para la canonización de santa Teresa del Niño Jesús. Al día siguiente, visitando la localidad de Santa Marinella, cercana a la ciudad de Roma, quedó impresionada por la extrema pobreza de la mayor parte de sus habitantes y comprendió que allí la quería Dios. Con permiso del obispo, se estableció definitivamente en Santa Marinella, y el 16 de julio sucesivo recibió el decreto de afiliación de su pequeña comunidad a la Orden Carmelitana.
En 1930, después de muchos sufrimientos y cruces, su pequeña comunidad fue erigida como congregación de derecho diocesano con el nombre de Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús.
“Llevar almas a Dios” era el objetivo que la impulsó a crear obras educativas y asistenciales en Italia y en el extranjero. Pudo realizar su anhelo misionero en 1947 enviando a las primeras cuatro religiosas a Brasil, con un solo mandato: “No olvidéis a los pobres”.
Su oración era un diálogo íntimo y continuo con Jesús, con el Padre y con todos los santos, inspirado por una confianza filial y sentimientos de gratitud, de alabanza, de adoración y de reparación, que trataba de transmitir, ante todo con el ejemplo de su vida, a sus hijas espirituales y a cuantos se acercaban a ella.
Cultivó una intensa unión de amor con Cristo en la Eucaristía, esforzándose por vivir un profundo espíritu de reparación, que la llevaba a compartir los sufrimientos y las angustias de los hombres, especialmente “del inmenso número de almas que no conocen y no aman a Dios”, tratando de ayudarles en sus necesidades con caridad, pues descubría en ellos el rostro de Cristo crucificado.
Exhortaba a sus religiosas a entregarse sin medida al servicio de la juventud más humillada y abandonada, para “separar en ella el oro del fango”, a fin de restaurar en toda criatura la dignidad y la imagen de hijo de Dios.
Marcada toda su vida por una salud precaria y por la diabetes, que afrontaba con fortaleza y sincera adhesión a la voluntad de Dios, pasó sus últimos años enferma, orando y entregándose a sus religiosas.
El 4 de julio de 1957 murió serenamente en Santa Marinella. Fue beatificada el 13 de noviembre de 2005 por S.S. Benedicto XVI.

Adultos mayores: Protéjanse con las vacunas antineumocócicas

Muchos adultos están en riesgo de contraer la enfermedad neumocócica. Dos vacunas proporcionan protección contra esta enfermedad grave que a veces es mortal. Hable con su profesional de salud para asegurarse de estar al día con estas y otras vacunas recomendadas. Cada año, la enfermedad neumocócica mata a miles de adultos de 65 años o mayores. Miles de personas más terminan hospitalizadas a causa de la enfermedad neumocócica, con infecciones graves en los pulmones (neumonía), el torrente sanguíneo (bacteriemia) y el recubrimiento del cerebro y la médula espinal (meningitis).
Recibir una vacuna es la mejor manera de prevenir esta enfermedad.
Dos vacunas ayudan a prevenir la enfermedad neumocócica:
§  PCV13 (vacuna antineumocócica conjugada)
§  PPSV23 (vacuna antineumocócica polisacárida)
La vacuna PCV13 protege contra 13 cepas de bacterias neumocócicas y la PPSV23 protege contra 23. Las dos vacunas proporcionan protección contra enfermedades como la meningitis y bacteriemia. La PCV13 también protege contra la neumonía.
Estas vacunas son seguras, pero se pueden producir efectos secundarios. La mayoría de los efectos secundarios, como inflamación o dolor en el brazo, son leves y no afectan las actividades de la vida diaria.

¿Qué adultos deben recibir la vacuna PCV13 y qué adultos no deben recibirla?
Se recomienda la PCV13 a las siguientes personas:
§  Todos los adultos de 65 años o más.
§  Los adultos de 19 años o más que tengan ciertas afecciones.
No se aplique la PCV13 si alguna vez ha tenido una reacción alérgica potencialmente mortal a lo siguiente:
§  Una dosis de la vacuna.
§  Una vacuna antineumocócica anterior llamada PCV7 (o Prevnar).
§  Cualquier vacuna que contenga toxoide de la difteria (p. ej., la DTaP).
Además, cualquier persona que tenga una alergia grave a cualquiera de los componentes de la vacuna PCV13 no debe recibirla.

¿Qué adultos deben recibir la vacuna PPSV23 y qué adultos no deben recibirla?
Los CDC recomiendan la PPSV23 a las siguientes personas:
§  Todos los adultos de 65 años o más.
§  Los adultos de 19 a 64 años de edad que tengan ciertas afecciones o que fumen cigarrillos.
No se aplique la PPSV23 en los siguientes casos:
§  Alguna vez ha tenido una reacción alérgica potencialmente mortal a una dosis de la PPSV23.
§  Tiene una alergia grave a cualquier componente de la vacuna.

No debe ponerse las dos vacunas antineumocócicas al mismo tiempo
Se recomienda no colocarse las vacunas PCV13 y PPSV23 al mismo tiempo. Si necesita las dos vacunas, póngase primero la PCV13 seguida de una dosis de la PPSV23 en otra visita.
Hable con su profesional de atención médica para saber cuándo debe regresar para la segunda vacuna. Usted puede recibir la vacuna contra la influenza y una de las dos vacunas antineumocócicas al mismo tiempo.
Puede recibir una de las vacunas antineumocócicas (pero no las dos) cuando se ponga la vacuna contra la influenza (gripe). Aunque no necesita una vacuna antineumocócica todos los años, es importante que reciba la vacuna contra la influenza cada temporada de influenza. Tener influenza aumenta su riesgo de contraer la enfermedad neumocócica.

La enfermedad neumocócica puede causar infecciones tanto leves como graves
La enfermedad neumocócica es una infección causada por las bacterias Streptococcus pneumoniae, que también se conocen como neumococos. Las bacterias neumocócicas pueden causar muchos tipos de enfermedades que varían de leves a muy graves. Cuando las bacterias neumocócicas se propagan de la nariz y la garganta a los oídos y los senos paranasales, generalmente ocasionan infecciones leves. Pero cuando se propagan a otras partes del cuerpo, pueden causar problemas graves de salud, como neumonía, bacteriemia y meningitis. Estas enfermedades pueden ser mortales, especialmente en los adultos de 65 años o mayores, las personas con afecciones crónicas y aquellas con el sistema inmunitario debilitado (inmunodeprimidas) por enfermedad o medicamentos.
La enfermedad neumocócica puede provocar discapacidades como sordera, daño cerebral, o la pérdida de los brazos o las piernas.
La enfermedad neumocócica es contagiosa
Las bacterias neumocócicas se transmiten de persona a persona mediante la tos, los estornudos y el contacto cercano. Las personas pueden portar las bacterias en la nariz y la garganta, lo cual puede no enfermarlas, pero aún pueden transmitir las bacterias a otras personas. BP

Rezar con sinceridad

Mucho antes de las investigaciones de Freud y del psicoanálisis, los grandes maestros de la vida espiritual habían advertido ya de las numerosas trampas en que puede caer la persona cuando reza a Dios. Pero, sin duda, los análisis de Freud han sembrado una sospecha más radical: la oración más sencilla y aparentemente más sincera puede encerrar graves autoengaños y alimentar fantasías infantiles y neuróticas.
En el fondo, la cuestión es ésta: ¿Con quién está hablando realmente una persona cuando dice hablar con Dios? ¿Qué hace cuando se dirige a alguien a quien no se ve y que no contesta? Por mucho que hable con Dios, ¿no está encerrada en su propio yo?
Para no pocos, la divulgación de esta «cultura de la sospecha» ha supuesto el derrumbe de su religión. Ya no aciertan a rezar. Todo les parece engaño y patología. No pueden y no quieren rezar. No se comunican con Dios. Su vida se va haciendo cada vez más atea.
Otros, por el contrario, es ahora cuando están purificando su religión de ilusiones infantiles poco sanas. Poco a poco van descubriendo un rostro nuevo de Dios. Hoy rezan de forma distinta. La fe comienza a ser para ellos el mejor estímulo para vivir de manera digna y esperanzada.
Lo primero es no confundir a Dios con cualquier cosa. Dios está más allá de nuestros sentimientos e ilusiones. No se identifica con las representaciones, símbolos o ritos creados por los hombres. El que reza no ha de caer en la trampa de «fabricarse» un Dios a su gusto y para su uso particular.
Dios, por otra parte, no es una especie de «seguro» fácil que protege de la dureza de la vida. Es una equivocación alimentar la ilusión de un Dios que está ahí, siempre a mano, ofreciendo soluciones mágicas a los problemas del ser humano. Dios no se deja poseer ni manejar como un objeto más de consumo.
Por otra parte, lejos de apartar de la realidad, la oración verdadera lleva a afrontar su dureza y, lo que es más importante, a empeñarse en su transformación. Cuando una persona se va haciendo cada vez más huidiza ante los conflictos, más intolerante e intransigente con los otros, más encerrada en sus propios intereses y, en definitiva, más egoísta, su oración es puro «juego imaginativo». Invocar al Padre es hacerse hermano. Rezar al Dios del evangelio conduce a vivir evangélicamente. Orar a un Dios Amor es disponerse a amar responsablemente.
Marcos nos describe en su relato dos reacciones muy diferentes ante la oración de Jairo, preocupado sólo por la salud de su hija. La de sus criados que le invitan a la resignación realista: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?» Y la de Jesús que le invita a la confianza total: «No temas; basta que tengas fe». JAP

Evangelio del Miércoles 04 de Julio

Día litúrgico: Miércoles XIII (B) del T.O.

Texto del Evangelio (Mt 8,28-34): En aquel tiempo, al llegar Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, y tan furiosos que nadie era capaz de pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?». Había allí a cierta distancia una gran piara de puercos paciendo. Y le suplicaban los demonios: «Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos». Él les dijo: «Id». Saliendo ellos, se fueron a los puercos, y de pronto toda la piara se arrojó al mar precipicio abajo, y perecieron en las aguas. Los porqueros huyeron, y al llegar a la ciudad lo contaron todo y también lo de los endemoniados. Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.

«Le rogaron que se retirase de su término»

Comentario: Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy contemplamos un triste contraste. “Contraste” porque admiramos el poder y majestad divinos de Jesucristo, a quien voluntariamente se le someten los demonios (señal cierta de la llegada del Reino de los cielos). Pero, a la vez, deploramos la estrechez y mezquindad de las que es capaz el corazón humano al rechazar al portador de la Buena Nueva: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término» (Mt 8,34). Y “triste” porque «la luz verdadera (...) vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,9.11).
Más contraste y más sorpresa si ponemos atención en el hecho de que el hombre es libre y esta libertad tiene el “poder de detener” el poder infinito de Dios. Digámoslo de otra manera: la infinita potestad divina llega hasta donde se lo permite nuestra “poderosa” libertad. Y esto es así porque Dios nos ama principalmente con un amor de Padre y, por tanto, no nos ha de extrañar que Él sea muy respetuoso de nuestra libertad: Él no impone su amor, sino que nos lo propone.
Dios, con sabiduría y bondad infinitas, gobierna providencialmente el universo, respetando nuestra libertad; también cuando esta libertad humana le gira las espaldas y no quiere aceptar su voluntad. Al contrario de lo que pudiera parecer, no se le escapa el mundo de las manos: Dios lo lleva todo a buen término, a pesar de los impedimentos que le podamos poner. De hecho, nuestros impedimentos son, antes que nada, impedimentos para nosotros mismos.
Con todo, uno puede afirmar que «frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”. Y puede decirse asimismo que Dios está pagando por este gran don [la libertad] que ha concedido a un ser creado por Él a su imagen y semejanza [el hombre]» (San Juan Pablo II). ¡Dios paga!: si le echamos, Él obedece y se marcha. Él paga, pero nosotros perdemos. Salimos ganando, en cambio, cuando respondemos como Santa María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).