martes, 27 de mayo de 2014

25 de Mayo - Gregorio VII

Gregorio VII, Santo
CLVII Papa, 25 de Mayo

Martirologio Romano: San Gregorio VII, papa, anteriormente llamado Hildebrando, que primero llevó vida monástica y colaboró en la reforma de la Iglesia en numerosas legaciones pontificias de su tiempo. Una vez elevado a la cátedra de Pedro, reivindicó con gran autoridad y fuerte ánimo la libertad de la Iglesia respecto al poder de los príncipes, defendiendo valientemente la santidad del sacerdocio. Al ser obligado a abandonar Roma por este motivo, murió en el exilio en Salerno, en la Campania. († 1085)
Fecha de canonización: 1728 por el Papa Benedicto XIII

Hildebrando de Soana, toscano, nació hacia el 1028 y parece que comenzó la vida monástica en Cluny. Después de haber colaborado con los Papas san León IX, que lo nombró abad de San Pablo, y Alejandro II, fue proclamado Papa unánimemente por el pueblo. Era el 22 de abril de 1073. A los ocho días los cardenales confirmaron la elección, que él aceptó con “mucho dolor, gemido y llanto”. Tomó el nombre de Gregorio VII y llevó a cabo con mucha valentía el programa de reformas, que él mismo había impulsado como colaborador de sus predecesores: lucha contra la simonía y la intromisión del poder civil en el nombramiento de los obispos, de los abades y de los mismos pontífices; restauración de una severa disciplina sobre el celibato. 
En el concilio de Maguncia los clérigos gritaron: “¡Si al Papa no le bastan los hombres para gobernar las Iglesias locales, trate de buscar ángeles!”. El Papa confiaba sus penas a los amigos con cartas que revelan su espíritu sensible, sujeto a profundos desalientos, pero siempre dispuesto a seguir la voz del deber: “Me rodean un inmenso dolor y una tristeza universal—escribía en enero de 1075 al amigo san Hugo, abad de Cluny—porque la Iglesia oriental se aparta de la fe; y si miro hacia occidente, al mediodía o al septentrión, casi no encuentro obispos legítimos por la elección o por la vida, que gobiernen el pueblo cristiano por amor a Cristo. Lo hacen por ambición mundana”.
Al año siguiente comenzó el duro choque con el emperador Enrique IV, que se humilló en Canosa, pero inmediatamente después retomó las riendas del imperio, se vengó haciendo elegir un antipapa y marchando sobre Roma. 
Gregorio VII, abandonado por los mismos cardenales, se refugió en el Castillo de S. Ángelo, de donde lo liberó el duque Roberto Guiscardo. Después el Papa se retiró en destierro voluntario a Salerno, en donde murió al año siguiente, pronunciando la famosa frase: “He amado la justicia y odiado la iniquidad”. Su cuerpo fue sepultado en la catedral de Salerno.
Acostumbrados a ver en este Papa al luchador férreo contra el revoltoso emperador, no debemos olvidar al humilde siervo de la esposa de Cristo, la Iglesia, por cuyo decoro él trabajó y sufrió para que “permaneciera libre, casta y católica”. Son las últimas palabras que escribió desde el destierro de Salerno para invitar a los fieles a “socorrer a la madre”, la Iglesia.

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