Tal
vez lo hemos leído muchas veces: Jesús no quiere llamarnos siervos. Su deseo
consiste en que seamos y vivamos como amigos (cf. Jn 15,14-15).
La
vida, sin embargo, nos arrastra con mil problemas, mil angustias, mil miedos,
mil placeres que llegan y que pasan. Estamos más preocupados por el trabajo o
por la pintura del techo que por lo que le ocurre a nuestro Amigo.
Jesús,
sin embargo, mantiene su mano tendida, su Corazón abierto, su mirada llena de
cariño. Sabemos que nos espera, con una presencia humilde y acogedora, en la
Eucaristía. Sabemos que anhela perdonarnos en el encuentro de la misericordia
que se produce en cada confesión bien hecha.
Si
dejamos un poco de espacio a su amor de Amigo, si le abrimos, aunque sea una
simple rendija, la puerta del alma, entrará con gusto. Así podremos cenar
juntos (cf. Ap 3,20).
Es
entonces cuando descubriremos que su presencia suaviza las penas, enciende
alegrías, da fortaleza para afrontar una vida llena de sorpresas y de pruebas.
Tener
a Cristo cerca cambia completamente la existencia humana. El mundo adquiere un
color distinto. El que es verdadero amigo del Amigo eterno entiende pronto que
hemos nacido para Él, y que nuestro corazón, como el de san Agustín y el de
tantos santos del pasado y del presente, sólo podrá estar tranquilo y sereno
cuando lo encontremos.
Uno
de los amigos de Jesús, Robert Benson, escribió, hace ya muchos años, unas
líneas poéticas que reflejan lo que significa encontrarse con el Señor, en la
intimidad alegre del amor verdadero. Llevan como título ‘Así es mi amigo’.
“Te
diré cómo le conocí: había oído hablar mucho de Él, pero no hice caso. Me
cubría constantemente de atenciones y regalos, pero nunca le di las gracias.
Parecía desear mi amistad, y yo me mostraba indiferente. Me sentía desamparado,
infeliz, hambriento y en peligro, y Él me ofrecía refugio, consuelo, apoyo y
serenidad; pero yo seguía siendo ingrato. Por fin, se cruzó en mi camino y, con
lágrimas en los ojos, me suplicó: ven y mora conmigo. Te diré cómo me trata
ahora: satisface todos mis deseos. Me concede más de lo que me atrevo a pedir.
Se anticipa a mis necesidades. Me ruega que le pida más. Nunca me reprocha mis
locuras pasadas. Te diré ahora lo que pienso de Él: es tan bueno como grande. Su
amor es tan ardiente como verdadero. Es tan pródigo en Sus promesas como fiel
en cumplirlas. Tan celoso de mi amor como merecedor de él. Soy su deudor en
todo, y me invita a que le llame amigo”. (Robert Benson, ‘La amistad de
Cristo’). FP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario