Él
mismo corrige a sus discípulos en diversas ocasiones según nos muestran los
evangelios: les amonesta ante el brote de envidia que manifiestan al ver a uno
que expulsaba demonios en nombre de Jesús (Mc
9, 38-40); reprende a Pedro con firmeza porque su modo de pensar no es el
de Dios sino el de los hombres (Mt 16,23);
encauza la ambición desordenada de Santiago y Juan, enmendando con cariño su
equivocada comprensión sobre el reino que anuncia, al tiempo que reconoce las
valientes disposiciones de los hermanos para “beber su cáliz” (Mt 20,20-23).
A
partir de la enseñanza y del ejemplo de Jesús, la corrección fraterna ha pasado
a ser una práctica de la familia cristiana vivida desde el inicio de la
Iglesia, una obligación de amor y de justicia al mismo tiempo. Entre los
consejos de San Pablo a los cristianos de Corinto está el de “exhortarse
mutuamente” (2 Cor 13,11). Numerosos
pasajes del Nuevo Testamento testimonian el desvelo de los pastores de la
Iglesia al corregir los abusos que se estaban infiltrando en alguna de las
primeras comunidades cristianas (St 2).
El
fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda
persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien
a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. A su vez, dejarse corregir es
señal de madurez y condición de progreso espiritual. El cristiano precisa del
favor que sus hermanos en la fe le hacen con la corrección fraterna.
Constituyendo un medio fundamental para alcanzar la santidad.
La
corrección fraterna cristiana nace de la caridad; y al ser la caridad, el
“vínculo de la perfección” (Col 3,14)
y la forma de todas las virtudes, el ejercicio de la corrección fraterna es
fuente de santidad personal en quien la hace y en quien la recibe. Al primero
le ofrece la oportunidad de vivir el mandamiento del Señor: “Este es el
mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado”; y al segundo
le proporciona las luces necesarias para renovar el seguimiento de Cristo en
aquel aspecto concreto en que ha sido corregido.
La práctica de la corrección fraterna es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives. La corrección fraterna no brota de la irritación ante una ofensa recibida, ni de la soberbia o de la vanidad heridas ante las faltas ajenas. Sólo el amor puede ser el genuino motivo de la corrección al prójimo. FSG
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