Un
grupo de chicas de algunos colegios de Santiago, armándose de valor, se han
puesto al mando de la operación. Quieren nadar contracorriente. Se han dado
cuenta de que vale la pena proteger la propia dignidad, la propia intimidad,
venciendo el ambiente de permisividad y ligereza. Por ello se han aunado en el
triple compromiso de vivir la modestia y la pureza en sus pensamientos, en sus
palabras y en sus obras. A las personas modestas se les tilda de inocentes, de
ingenuas, de inexpertas. Pero el ingenuo es el que no conoce el valor de su
dignidad y la subasta a cualquier precio.
Para
ser modesto y puro hay que empezar por los pensamientos. Los pensamientos son
como las semillas de nuestro obrar. Si sembramos lirios no florecerán berzas y
si sembramos berzas no florecerán lirios. Quien se habitúa a cultivar buenos
pensamientos será más modesto en su actuar. Quien sólo piensa en impurezas no
tendrá un actuar transparente. Y los pensamientos se desencadenan por lo que
vemos y escuchamos. Por ello, no es indiferente lo que nos presenta el cine y
la televisión, ni tampoco la música que solemos oír. No somos ángeles. No somos
inmunes a la acción favorable o grotesca de los influjos externos.
Las
palabras son otro campo enorme para el combate de la modestia. A veces las
conversaciones impropias generan actitudes permisivas. El respeto por el otro y
por su intimidad no es un erario negociable. Por otra parte basta constatar con
qué facilidad recurrimos a las palabrotas en situaciones de tensión o de enojo.
El dominio personal es una conquista que empieza por el dominio de la lengua.
En
estos últimos años programas como Gran hermano han atraído mucho la audiencia
juvenil. Parecería que el escándalo y el libertinaje fuesen lo más vendido y
comprado. Pero son apariencias. Quien se da cuenta de lo que vale el pudor y el
respeto de la propia intimidad no juega, no bromea con cosas tan preciosas. No
es indiferente vestirse de una manera o de otra, comportarse en un modo o en
otro, tratar a las personas de una forma o de otra.
La
modestia y el pudor siguen siendo la bandera disputada entre la dignidad y el
libertinaje. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de combate por la
pureza. En el número 2521 afirma: “La pureza exige el pudor. Éste es parte
integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona.
Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la
castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en
conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre
ellas”.
Esperemos
que a la cruzada que se ha desatado en Chile se adhieran más combatientes en
todo el mundo. Muchos ya se han dado cuenta de aquello por lo que sí vale la
pena luchar. WB
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