-Si todos respetamos las leyes de tráfico, ¡cuántos accidentes mortales estaremos previniendo!
-Si todos decidimos ser honestos –¡respetando, por ejemplo, las leyes fiscales!–, redundará seguramente en el bien de muchos.
-Si
pensamos antes en el respeto a los derechos de los demás que en los nuestros,
tal vez habrá menos hambre, menos pobreza y marginación en el mundo.
-Si
actuamos siempre de acuerdo a la máxima del respeto: “trata a los demás como
quieras que te traten”, todos viviremos más felices y tranquilos, se acabará la
violencia, la delincuencia y tantos otros males.
La
lista podría extenderse. Pero pueden parecer falsas promesas o sueños irreales.
Este ideal de respeto requiere una motivación justa y la educación en los
detalles.
Se
puede respetar por el puro temor a una consecuencia negativa; como quien no
hace tonterías porque no quiere ganarse un castigo o el empleado que cumple su
trabajo porque no quiere ser despedido.
El
respeto también puede estar motivado por un auténtico sentido de justicia.
Respetamos el trato hecho porque somos ‘personas de palabra’. Respetamos las
propiedades ajenas porque sabemos que no nos pertenecen.
Pero
el respeto puede y debe ir más allá del temor y de la simple justicia. El amor
es el motor que puede impulsar el respeto a mayores profundidades. Sólo el
esposo que ama de verdad, respeta su promesa de fidelidad a su mujer. Sólo la
madre que ama, educa con respeto y cariño a sus hijos. Sólo los hijos que aman
y valoran lo que sus padres hacen por ellos, les estarán respetando de verdad.
El novio respeta a su pareja si la ama de verdad. Respeto al amigo en el
momento difícil; respeto a los demás con nuestras palabras, evitando la
crítica; respeto a nosotros mismos, a nuestro cuerpo y a nuestra dignidad...
todo esto es posible únicamente si nos motiva el amor. El respeto será
auténtico y profundo en la medida en que está motivado por el amor.
Por
amor a la verdad, es preciso respetar lo que es el auténtico respeto. Hoy se
habla mucho de tolerancia y algunos entienden el respeto como dejar que cada
quien haga y piense como quiera. Pero el respeto implica, ante todo, el respeto
a la verdad. El vecino puede pensar que la vida del no nacido no vale nada.
Habrá que respetar al vecino, como persona; pero también habrá que respetar la
verdad y defenderla. Nunca faltaremos al respeto por decir y actuar conforme a
la verdad.
La
verdad última en la que se fundamenta toda forma de respeto nos remite al Autor
de esta obra de arte que es el ser humano. Hemos sido creados a imagen y
semejanza de Dios. Cuando respetamos a la persona -al vecino, al aún no nacido,
a los hijos, a los padres, a nosotros mismos-, podemos escuchar lo que Cristo
dice en el Evangelio: “A mí me lo hiciste”.
El
nexo entre respeto y caridad es fuerte y profundo. El respeto, a fin de
cuentas, no es sino una manifestación del amor. Del amor que Dios nos ha
tenido. Y del amor que nos llama a reflejar. IS
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