Es
verdad, lo dice Jesucristo en las Sagradas Escrituras: «antes de que ustedes
pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan» (Mt
6, 8). Y, sin embargo, también dice: «Pidan y se les dará» (Mt 7, 7).
Cuando
el Señor llegó a Jericó, un mendigo ciego le gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten
compasión de mí» (Mc 10, 47). Así
hizo insistentemente, a pesar de las desaprobaciones de la gente, hasta que
Jesús se detuvo y lo hizo llamar. Luego Cristo le hizo la más extraña pregunta:
«¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10,
51). ¡Vaya! ¿Qué no era obvio? ¡El hombre estaba ciego y necesitaba
recobrar la vista! Si Dios sabe todo, ¿por qué el ciego tuvo qué decirle cuál
era su necesidad?
Afortunadamente
el ciego fue lo bastante humilde para responder al instante: «”Rabbuní, ¡que
vea!”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante [el ciego]
recobró la vista y le seguía por el camino» (Mc
10, 51-52).
Es
que «la oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed
del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (CIC, n. 2560), y «la petición ya es un
retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).
Así,
aunque Dios ya sepa lo que necesitamos, el que nosotros demos el paso de
acercarnos a Él y decírselo es algo que redunda en nuestro beneficio, y por eso
el Señor quiere que le pidamos. Quien se niega a hacerlo alegando el
conocimiento infinito del Señor, sencillamente no ha entendido nada del amor
que Dios nos tiene, o bien carece de la humildad para acercarse a pedir.
La
humildad, precisamente, es la cuarta y última condición para que la oración
«funcione». Jesús nos lo enseña a través de la parábola de los dos hombres que
subieron al templo a orar: «El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta
manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres,
rapaces, injustos, adúlteros”... En cambio, el publicano, manteniéndose a
distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el
pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”. Os digo
que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce,
será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 9-14).
Por
falta de humildad alguien puede negarse a orar; pero también puede ocurrir que
sí haga oración, pero con soberbia. «Escucha el Señor -dice san Alfonso María
de Ligorio- bondadosamente las oraciones de sus siervos, pero sólo de sus
siervos sencillos y humildes, como dice el Salmista: Miró el Señor la oración
de los humildes. Y añade el apóstol Santiago: Dios resiste a los soberbios y da
sus gracias a los humildes. No escucha el Señor las oraciones de los soberbios
que sólo confían en sus fuerzas, antes los deja en su propia miseria».
Un
día le dijo el Señor a santa Catalina de Siena: «Aprende, hija mía, que el alma
que persevera en la oración humilde, alcanza todas las virtudes».
Y
advierte san Claudio de la Colombiere: «Los que se cansan después de haber
rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no
merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al
momento vuestra oración como si fuera un mandato... ¿Qué? ¿Acaso vuestro
orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma
cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan
pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos». DRGB
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