Por
eso, cuando en una sociedad se ahoga el amor, se está ahogando al mismo tiempo
la dinámica que lleva al crecimiento humano y a la expansión de la vida. De ahí
la importancia de cuidar socialmente el amor y de luchar contra todo aquello
que puede destruirlo.
Una
forma de matar de raíz el amor es la manipulación de las personas. En la
sociedad actual se proclaman en voz alta los derechos de la persona, pero luego
los individuos son sacrificados al rendimiento, la utilidad o el desarrollo del
bienestar. Se produce entonces lo que el pensador norteamericano Herbet Marcuse
llamaba «la eutanasia de la libertad». Cada vez hay más personas que viven una
«no libertad confortable, cómoda, razonable, democrática». Se vive bien, pero
sin conocer la verdadera libertad ni el amor.
Otro
riesgo para el amor es el funcionalismo. En la sociedad de la eficacia lo
importante no son las personas, sino la función que ejercen. El individuo queda
fácilmente reducido a una pieza del engranaje: en el trabajo es un empleado; en
el consumo, un cliente; en la política, un voto; en el hospital, un número de
cama… En esta sociedad, las cosas funcionan; las relaciones entre las personas
mueren.
Otro
modo frecuente de ahogar el amor es la indiferencia. El funcionamiento de la
sociedad moderna concentra a los individuos en sus propios intereses. Los demás
son una «abstracción». Se publican estudios y estadísticas tras los cuales se
oculta el sufrimiento de las personas concretas. No es fácil sentirnos
responsables. Es la administración pública la que se ha de ocupar de esos
problemas.
¿Qué
podemos hacer cada uno? Frente a tantas formas de desamor, el Bautista sugiere
una postura clara: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no
tiene; y el que tenga comida haga lo mismo». ¿Qué podemos hacer? Sencillamente
compartir más lo que tenemos con aquellos que viven en necesidad. JAP
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