A
lo largo de su ministerio, dijo el Pontífice, Jesús aparece como un profeta muy
distinto del Bautista: si Juan es recordado por su ascetismo -comía lo que
encontraba en el desierto- Jesús es, en
cambio, el Mesías que vemos a menudo en la mesa. “Su comportamiento suscita
escándalo, porque no solo es benévolo con los pecadores, sino que incluso come
con ellos; y este gesto demostraba su voluntad de comunión y de cercanía con
todos”.
Pero
el Obispo de Roma observó que también hay algo más: aunque la actitud de Jesús
ante los preceptos judíos nos revele su plena sumisión a la Ley, se muestra
comprensivo con sus discípulos: cuando son sorprendidos in fraganti porque
tienen hambre y recogen unas espigas el día de sábado, los justifica,
recordando que el rey David y sus compañeros, pasando necesidad, también habían
transgredido un precepto (cf. Mc
2,23-26).
“Pero,
sobre todo, Jesús, con una hermosa parábola, afirma un nuevo principio: los
invitados a la boda no pueden ayunar cuando el novio está con ellos; ayunarán
cuando el novio les sea quitado. Ahora todo es relativo a Jesús. Cuando él está
en medio de nosotros, no podemos estar de luto; pero a la hora de su pasión,
entonces sí, que ayunemos (cf. Mc
2,18-20). Jesús quiere que estemos alegres en su compañía -Él es como el
esposo de la Iglesia-; pero también quiere que compartamos sus sufrimientos,
que son también los sufrimientos de los pequeños y de los pobres. Jesús es
universal”.
Otro
aspecto importante que el Sucesor de Pedro subrayó es que Nuestro Señor hace
caer la distinción entre alimentos puros e impuros, que era establecida por la
cultura judía.
“En
realidad -enseña Jesús- no es lo que entra en el hombre lo que lo contamina,
sino lo que sale de su corazón. Y así diciendo “declaraba que eran puros todos
los alimentos” (Mc 7,19). Por eso el
cristianismo no contempla los alimentos impuros. Pero la atención que debemos
tener es aquella interior: por tanto, no respecto al alimento en sí,
sino respecto a nuestra relación con él”.
El
Papa precisó que Jesús deja claro que lo malo de un alimento no es el alimento
en sí sino la relación que tenemos con él. “Y nosotros lo vemos cuando una
persona tiene una relación desordenada con la comida, vemos cómo come, de
prisa, con ganas de saciarse y nunca se sacia, no tiene una buena relación con
la comida, es esclavo de la comida”, añadió. “Y Jesús valora la comida, el
comer incluso en sociedad, en las comidas sociales donde se manifiestan tantos
desequilibrios y tantas patologías”, agregó.
“Se
come demasiado, o demasiado poco. A menudo se come en soledad. Se extienden los
trastornos alimentarios: anorexia, bulimia, obesidad... Y la medicina y la
psicología intentan atajar la mala relación con la comida. Una mala relación
con la comida produce todas estas enfermedades, todas”.
Bergoglio
afirmó que se trata de enfermedades, a menudo muy dolorosas, vinculadas sobre
todo con tormentos de la psique y del alma. “Existe una conexión entre el desequilibrio
psíquico y la forma de comer los alimentos”, manifestó.
Según
el Santo Padre, la comida es la manifestación de algo interior: “la
predisposición al equilibrio o a la desmesura; la capacidad de dar gracias o la
arrogante pretensión de autonomía; la empatía de quien sabe compartir la comida
con los necesitados, o el egoísmo de quien lo acumula todo para sí mismo”.
“Esta pregunta es muy importante. Dime cómo comes, y te diré qué alma posees.
En nuestra forma de comer revelamos nuestro interior, nuestros hábitos,
nuestras actitudes psíquicas”, continuó.
Bergoglio
aseveró que los antiguos Padres llamaban al vicio de la gula con el nombre de
‘gastrimargia’, término que puede traducirse como ‘locura del vientre’. “La
gula es una ‘locura del vientre’. También existe este proverbio, que dice que
debemos comer para vivir, no vivir para comer, ‘una locura del vientre’”,
sostuvo. “Es un vicio que se injerta en una de nuestras necesidades vitales,
como la alimentación. Estemos atentos a esto”, advirtió Francisco.
En
la última parte de su alocución, el Pontífice comentó que “si lo leemos desde
un punto de vista social, la gula es quizá el vicio más peligroso que
está acabando con el planeta”. Y explicó:
“Porque
el pecado de quien cede ante un trozo de pastel, después de todo, no causa gran
daño, pero la voracidad con la que nos hemos desatado, desde hace unos siglos,
hacia los bienes del planeta, está comprometiendo el futuro de todos. Nos hemos
abalanzado, sobre todo, para hacernos dueños de todo, cuando todo había sido
consignado a nuestra custodia, no para nuestro aprovechamiento”.
Francisco
insistió que el gran pecado es “la furia del vientre”, pues “hemos abjurado del
nombre de hombres, para asumir otro, ‘consumidores’. Y hoy se habla así en la
vida social, los consumidores”. Y lamentó que “ni siquiera nos dimos cuenta de
que alguien había empezado a llamarnos así. Estábamos hechos para ser hombres y
mujeres ‘eucarísticos’, capaces de dar gracias, discretos en el uso de la
tierra, y en cambio nos hemos convertido en depredadores, y ahora nos estamos
dando cuenta de que esta forma de ‘gula’ nos ha hecho mucho daño a nosotros y
al medio ambiente en el que vivimos”.
El
Santo Padre animó a los fieles a dejar que el Evangelio nos cure de la gula
personal, de la gula social e incentivó a pedir al Señor “que nos ayude en el
camino de la sobriedad para que todas las formas de gula no se apoderen de
nuestras vidas”. SSF
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