La
fe surge desde un encuentro. Jesús llegó a mi vida a través de muchas maneras.
Luego, su presencia se hizo más concreta, más viva, más cercana.
La
fe, que arranca desde Dios, me invita a avanzar. A veces por un desierto, como
el pueblo de Israel durante 40 años. Otras veces, en una tierra que mana leche
y miel. Otras veces, con la alegría de una victoria. Otras veces, desde la pena
de una caída.
La
vida avanza. La meta es luminosa si tenemos una fe real y activa. Dios nos
espera en el cielo y nos ofrece el camino para llegar a la cita eterna: “Yo soy
el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).
¿Tengo
un deseo auténtico de ese encuentro? ¿Recorro el camino desde la luz de la fe?
¿Me alimento del pan de los fuertes, de la Eucaristía? ¿Busca la ayuda del
Médico para curar mis pecados y para volver al buen sendero, desde una
confesión sincera y bien preparada?
Hoy
necesito, nuevamente, un poco de ayuda. Quizá, simplemente, para poder dar el
siguiente paso en mi fe mientras sigo de camino.
Como
el cardenal Newman, pido luz sólo para este momento, ante esta encrucijada,
para que la fe me guíe hacia la meta.
Condúceme, Luz
Amable, a través de la envolvente penumbra. ¡Llévame Tú hacia delante! La noche
es oscura, y estoy lejos de mi hogar. ¡Llévame Tú hacia delante! Guía mis
pasos; no pido ver el lejano paisaje, un solo paso me basta. No siempre ha sido
así, ni he rogado que Tú me llevases hacia delante. Me gustaba elegir y ver mi
camino, pero ahora ¡llévame Tú hacia delante! FP
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