Los
maestros discutían sobre los motivos que podían justificar la decisión del
esposo. Según los seguidores de Shammai, solo se podía repudiar a la mujer en
caso de adulterio; según Hillel, bastaba que la mujer hiciera cualquier cosa
«desagradable» a los ojos de su marido. Mientras los doctos varones discutían,
las mujeres no podían elevar su voz para defender sus derechos.
En
algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: «¿Puede el hombre repudiar a
su esposa?». Su respuesta desconcertó a todos. Las mujeres no se lo podían
creer. Según Jesús, si el repudio está en la ley, es por la «dureza de corazón»
de los varones y su mentalidad machista, pero el proyecto original de Dios no
fue un matrimonio «patriarcal» dominado por el varón.
Dios
creó al varón y a la mujer para que fueran «una sola carne». Los dos están
llamados a compartir su amor, su intimidad y su vida entera, con igual dignidad
y en comunión total. De ahí el grito de Jesús: «Lo que ha unido Dios, que no lo
separe el varón» con su actitud machista.
Dios
quiere una vida más digna, segura y estable para esas esposas sometidas y
maltratadas por el varón en los hogares de Galilea. No puede bendecir una
estructura que genere superioridad del varón y sometimiento de la mujer.
Después de Jesús, ningún cristiano podrá legitimar con el evangelio nada que
promueva discriminación, exclusión o sumisión de la mujer.
En
el mensaje de Jesús hay una predicación dirigida exclusivamente a los varones
para que renuncien a su «dureza de corazón» y promuevan unas relaciones más
justas e igualitarias entre varón y mujer. ¿Dónde se escucha hoy este mensaje?,
¿cuándo llama la Iglesia a los varones a esta conversión?, ¿qué estamos haciendo
los seguidores de Jesús para revisar y cambiar comportamientos, hábitos,
costumbres y leyes que van claramente en contra de la voluntad original de Dios
al crear al varón y a la mujer? JAP
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