domingo, 22 de enero de 2017

Cuando inicia un embarazo


Las pruebas han sido positivas: el embarazo es seguro. ¿Qué actitud tomar ante esta nueva vida, ante este hijo que inicia la aventura de la existencia humana?
No podemos enumerar todas las posibles reacciones ante la noticia, pues las situaciones son muy diferentes en cada caso. La madre, el padre, los familiares, los amigos, los jefes de trabajo... muchas personas intervienen, y las posiciones son sumamente variadas. Desde la alegría y felicitación hasta el pesar y el sentimiento de culpa o el deseo de abortar lo más pronto posible.
Queremos ahora fijarnos, sobre todo, en la madre. ¿Cómo reacciona? De diversas maneras, según las circunstancias en las que se encuentra. Intentemos, de todos modos, agrupar las posibles actitudes que tome bajo dos grandes grupos: actitudes de rechazo, y actitudes de aceptación.
El rechazo, el miedo, el temor, la desconfianza, la angustia, la inquietud, pueden ser originadas en la nueva madre por muchos motivos. A veces porque la situación personal es sumamente compleja. Tal vez no está casada, y ser madre soltera en muchos lugares implica un sinfín de críticas y de marginaciones. O quizá está casada, pero ella misma, o su marido, o los dos a la vez, rechazan la idea de un nuevo hijo en casa. Alguna se encuentra en periodo de exámenes, o tiene previsto realizar en unos meses un viaje de vacaciones, o sufre una tensión profunda por problemas de trabajo, o tal vez teme las presiones que harán algunas personas contra la nueva vida, o sufre por una especial depresión nerviosa...
Son muchas las mujeres que dicen “no” a la vida que inicia. Por convicción personal: porque no encaja en el propio proyecto de vida, porque provocaría un serio cambio de planes, porque arruinaría tantas posibilidades si las cosas no siguen como antes “por culpa” del hijo que vive en el seno materno. O por miedo y presiones de fuera o de dentro del hogar.
No pocas mujeres que inicialmente rechazan la nueva vida, empiezan a sentir, dentro de sí, la fuerza del instinto propio de toda madre: acoger, aceptar, dedicarse plenamente a cuidar y amar al hijo. Empiezan a dejarse llevar por el cariño, por la ilusión de pensar en ese hijo: pronto podrán abrazarlo y acompañarlo en la aventura de la vida. Quizá entonces el rechazo llega a ser vencido, triunfa el sí a la vida.
Pero en otras ocasiones el “instinto de maternidad” es amordazado y puesto a un lado. Se imponen fuertemente las ideas que ven este embarazo, en este momento de la propia vida, como algo que no encaja, que no debería haber ocurrido. Se ve entonces la opción de recurrir al aborto como lo más fácil, como la “solución mejor”. A pesar de conocer la gravedad de este gesto, a pesar de que la mujer intuye las consecuencias que se producirán en ella durante días, meses o años después de cometer el aborto.
El otro gran grupo de actitudes giran en torno a la aceptación: “quiero a mi hijo, es mi hijo y lo voy a amar”. No es que la mujer que decide abortar no quiera a su hijo, como ya vimos. La diferencia consiste es que en la actitud de aceptación la voluntad, aquello que mueve cada existencia, dice un sí eficaz a la maternidad, lleva al resultado feliz del día del nacimiento. También si la madre ha tenido que superar sentimientos de miedo o, tal vez, de rechazo, gracias a su “sí” a la vida.
La aceptación más completa se produce cuando la mujer se abre incondicionalmente al nuevo hijo, sea como sea (enfermo o sano, niño o niña), venga cuando venga, cambie los planes que cambie. Tal aceptación, desde luego, se apoya en un modo particular de ver cada nueva vida. El hijo que está allí es “algo” maravilloso, una misión, una tarea en la que la madre se involucra con todo su cuerpo, con toda su psicología, con todo su corazón, con toda su vida.
El hijo es entonces, plenamente, “mi” hijo, sin que el “mi” implique verlo como una propiedad, como algo que vale sólo porque es amado. Al contrario, es amado porque vale por sí mismo, porque es un ser humano, porque empieza a existir en el propio cuerpo (por eso es “mi hijo”), porque pide el amor de aquella que más cerca está de él, de su madre.
La aceptación resulta más fácil cuando existen una serie de factores positivos que rodean la vida de la madre. No inicia un embarazo desde el vacío. Lo ideal sería, por ejemplo, que la mujer estuviese casada y fuese profundamente amada por su esposo. Una situación económica estable, buena salud, un hogar suficientemente amplio como para acoger a varios niños, permiten con mayor holgura dar una alegre bienvenida al nuevo hijo.
Pero estos aspectos no son lo decisivo a la hora decir sí al hijo. Hay personas con buena situación económica, casados felizmente, con casas grandes y bien amuebladas, que no acogen al hijo, que prefieren abortarlo. Como también hay personas pobres, con serios problemas de vivienda, con una situación laboral no fácil, que ante la noticia de la llegada del hijo ponen todo lo que está de su parte para que esa nueva vida reciba mucho cariño, un cariño capaz de compensar no poco las estrecheces materiales en la que inicia la existencia del hijo.
Hay quienes piensan que es irresponsable aceptar una maternidad en condiciones de pobreza, o si la mujer es soltera, o si el esposo es un borracho irresponsable, o si el novio o el amante (que empieza a ser padre sin quererlo) desaparece y decide no colaborar. Ver las cosas así nos pone en la perspectiva del rechazo, de quienes piensan que sería correcto amar a un hijo sólo si se cumplen ciertos requisitos. Unos requisitos que no pueden ocultarnos la realidad: el hijo ya está aquí, y vale por sí mismo, vale sin condiciones.
En vez de promover la eliminación de los hijos para evitarles una existencia “desgraciada”, lo que habría que hacer es esforzarse por ayudar a las madres, por fomentar una vida familiar más sana, por difundir la justicia social en el mundo, por obligar a algunos padres irresponsables y egoístas a mantener económicamente a sus hijos.
También cuando el hijo nacerá con alguna enfermedad: no deja de “valer” un ser humano si no tiene la salud que desearíamos para todos.
Nunca será irresponsable una madre que ame al propio hijo. Porque ese hijo, venga como venga, sea como sea, merece solamente la cosa más grande que podemos darle los seres humanos: amor. Sin condiciones, sin límites. Lo verdaderamente irresponsable es que haya gobiernos y organizaciones “filantrópicas” que, en vez de ayudar a las mujeres en dificultad, invierten grandes cantidades de dinero para hacer más fácil el aborto.
Ha iniciado un embarazo. Una noticia que se repite miles de veces cada día. Millones de mujeres, con un amor que sólo Dios podrá valorar en toda su belleza, acogen cada año a millones de niños que llaman a la vida. Como también un día fuimos acogidos cada uno de nosotros por quienes, como mujeres y madres, nos dieron lo mejor de sí mismas, nos enseñaron que el mundo es hermoso. Que nos dijeron de mil modos que la bondad tiene el rostro de una madre que llora y ríe mientras tiene entre sus brazos a ese pequeño que es todo, ojos, boca, paz y una sonrisa confiada. FP

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