La
segunda manera, en cambio, busca un modo equilibrado de acoger al que ha
fallado, desde el respeto de su dignidad, y sin ocultar lo que ha sido hecho o
dicho contra la justicia. Quien ha cometido un fallo, quien ha faltado al
respeto a otros, a veces no reconoce del todo su error, o incluso puede tener
algunos atenuantes que vale la pena tener presentes. Si encuentra ante sí
dedos acusadores, palabras tajantes, amenazas (de despido de trabajo, de ser
expulsado de un grupo, incluso de prohibición de entrar en casa), sentirá un
peso enorme y sufrirá una pena que se añade ya a su culpa.
Es
cierto que algunas personas parecen incorregibles, o se muestran altaneras, o
no son capaces de recapacitar ni de pedir perdón por actitudes negativas que
hacen tanto daño. Pero esas personas, que necesitan ser corregidas, tal
vez perciban, en un reproche sereno, acogedor, incluso abierto a posibles
réplicas, un respeto y un cariño que tanto ayuda en las relaciones humanas.
El
mundo está lleno de gritos, de reproches, de odios, de desahogos que muchas
veces solo sirven para empeorar las relaciones y no ayudan a conseguir una
verdadera conversión. Si aprendemos a decir las cosas de otra manera, si buscamos
ofrecer una corrección desde actitudes de afecto y con un sincero deseo de
ayudar, lograremos que nuestras palabras sean un pequeño bálsamo que,
esperamos, ayuden a quien necesita emprender un camino de cambio para su propio
bien y el de quienes lo amamos sinceramente. FP
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