Él
se levantó temprano. Otra vez. La ciudad no da tregua: hay que salir, resolver,
estar al tanto. Y sin embargo… antes de correr, se detiene. Hace la señal de la
cruz. Respira hondo. Y recuerda: “Haz
todo como si solo dependiera de ti… pero sabiendo que todo depende de Dios”.
Porque
no es flojera lo que entrega al cielo, es confianza.
Y
no es ansiedad lo que lo pone en movimiento, es amor.
Por
eso lo verás trabajando con pasión,
pero sin perder la
paz. Cargando
con fuerza, pero
sin quejarse de lo que no puede cambiar. Sembrando todos los días,
pero dejando el
fruto en manos del que da el crecimiento.
El
alma que vive así no se quiebra: se arraiga.
Y cuando llega la noche, aunque no todo se haya cumplido, puede dormir en paz. Porque sabe que lo dio todo. Y lo dejó todo… en las manos de Dios. RM
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