El nombre de Concepción o María
de la Concepción es dado a muchas niñas en honor a la inmaculada concepción de
Nuestra Señora.
Concepción es el acto de ser
concebido o engendrado en el seno de una mujer. Inmaculada significa: sin
mancha. Muchos piensan que cuando la Iglesia usa estos términos está
refiriéndose a la pureza inmaculada de la concepción de Jesús en el seno de
María.
Es cierto que Jesús no nació de
la relación de María con un hombre, sino por obra del Espíritu Santo. Es lo que
afirmamos en el Credo diciendo: Nació de María virgen. Pero no es por causa de
su virginidad que la Iglesia da a Nuestra Señora el título de ‘Inmaculada
Concepción’.
Este título se refiere a la
concepción de la propia María en el seno de su madre. No significa, sin
embargo, que su concepción fue virginal como la de Jesús. Ella nació, como las
otras personas, de la relación conyugal de un hombre y una mujer, que la
Iglesia llama de San Joaquín y Santa Ana. Pero la concepción inmaculada de
María no tiene nada que ver con sus padres. Es un don de Dios a María.
Significa que desde el inicio de su existencia ella estuvo libre del pecado
original.
La fe nos enseña que toda la
humanidad participa del pecado de los primeros seres humanos, que la Biblia
denomina Adán y Eva. Es como una tara hereditaria que una persona transmite a
todos sus descendientes.
El Privilegio
Todos nosotros experimentamos que
somos pecadores. Si somos sinceros, debemos reconocer que no seguimos siempre a
nuestra consciencia. La familia humana quedó marcada por esta mancha. Solo
Jesucristo puede librarnos del pecado y sus consecuencias. Por la fe y el
bautismo nos reconciliamos con Dios y volvemos a vivir como sus hijos e hijas.
Pero María tuvo un privilegio
especialísimo. Porque en el plan de Dios estaba destinada a ser la madre de
Jesucristo, el Salvador, ella fue liberada de la mancha del pecado desde su
concepción. Jamás estuvo separada de Dios. Y al tornarse consciente de su existencia,
confirmó con un “sí” su voluntad de pertenecer a Dios y obedecer sus
mandamientos. Es esta santidad de María, llena de gracia, que la Iglesia
proclama cuando habla de su inmaculada concepción.
¡¿Cómo?!
¿Jesucristo no es el Salvador de todos?
¿Cómo la Iglesia enseña que
Nuestra Señora fue concebida sin pecado, si, según la Biblia, Jesús murió en la
cruz para salvar a toda la humanidad del pecado?
Es verdad que Jesucristo es el
Salvador de todos, incluso de las personas que vivieron antes de su nacimiento.
Fue previendo la encarnación y muerte de su Hijo que Dios comunicó a Abraham y
a todos los justos del Antiguo Testamento la gracia de la fe en su promesa de
salvación. Como Hijo de Dios, hecho hombre, Jesús es el único que no precisa
ser salvado del pecado, que afecta a toda la familia humana. María también fue
salvada del pecado por la gracia que Cristo, su hijo, iría merecer con su
pasión y muerte. Ella pertenece a la humanidad pecadora. No podría librarse de
esa situación por sus propios méritos. No sería capaz de agradar a Dios, sin la
fuerza del Espíritu Santo que Cristo ofrece a todos.
La diferencia
Pero, al mismo tiempo que afirma
esta verdad, la Iglesia Católica, acogiendo la palabra de Dios en la Biblia,
cree también que María, madre de Jesús, estuvo libre del pecado desde el primer
instante de su existencia. En eso consiste su inmaculada concepción.
La gran diferencia entre María y
nosotros, es que nosotros por la gracia de Cristo somos liberados del pecado,
que ya existe en nosotros, tanto el pecado original como los pecados
personales. María, al contrario, fue preservada de cualquier pecado desde que
fue concebida, porque recibió en aquel instante al Espíritu Santo de Dios. Por
eso, ella ya es ‘llena de gracia’, como dice el mensajero del cielo, antes del
momento de la encarnación. Este nuevo nombre dado a María significa que Dios la
amó de un modo todo especial, no permitiendo que ella estuviese separada de él
en ningún momento de su existencia.
Este privilegio de María se
fundamenta en su elección para ser madre del propio Hijo de Dios. Para cumplir
esta misión ella precisaba ser perfectamente santa, no oponiendo la mínima
resistencia al plan de Dios. De hecho, María aceptó sin ninguna restricción la
invitación de Dios, cuando dijo: “He aquí la sierva del Señor. Que él haga de
mí lo que dicen tus palabras”. Pero esta entrega incondicional de María a la
voluntad de Dios no sería posible si en su vida hubiese habido cualquier sombra
de pecado.
Por eso, la Iglesia alaba a María
santísima como Isabel, que, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Bendita eres
tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu seno!”. JAM
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