Nací en el 63, en una localidad del noroeste de la Argentina.
De niña amé el dibujo como expresión de anhelos y emociones.
Un día la niña cedió paso a la joven que debía tomar su primera decisión
importante en la vida… elegir una carrera. Como era buena estudiante la familia
opinaba que debía ser ingeniera o algo así… pero mi espíritu tenía impreso un
mandato, las fantasías eran de formas y colores y se relacionaban con crear
piezas artísticas, liberar pensamientos e ideas y trasmitirlas en objetos
bellos y conmovedores.
Sentía también el deseo de la vida religiosa, visité por unos
días una congregación religiosa para clarificar mi vocación, la madre superiora
me dijo que una monja triste era una triste monja, si me quedaba no debía
lamentar lo que dejaba atrás….y escuché al corazón decirme que amara a Dios sin
hábitos pero con el dulce hábito de amarlo a través de mi cotidianidad, ahora
el arte sería cotidiano.
Llevaba ya 2 años en la Universidad de Artes cuando el amor
llamó a mi puerta, literalmente, pues quien hoy es mi esposo fue a casa a
buscar a un amigo que teníamos en común y al otro día ya llegó solo y
comenzamos a hablar de arte hasta el día de hoy, él es ingeniero y mi incondicional
apoyo, me ayudó a elegir la orientación de escultura y a montar el atelier con
todo lo necesario para el trabajo profesional, llevo con él 23 años de
matrimonio.
Y el trabajo llegó… se multiplicaron los monumentos
alegóricos, las molduras para edificios, las estatuas de toda clase y cientos
de pedidos de imágenes religiosas, cientos de restauraciones, miles de
bendiciones y unos cuantos tropiezos, porque cuando se hace arte religioso
algunos sectores se revelan… desde las despiadadas críticas sobre la adoración
de imágenes que se nos atribuye a los católicos, hasta aquellos que creen que
un verdadero artista no se debe a nadie, sólo a sí mismo y a las modas. Nada
tan dramático como la soledad o la incomprensión se hace camino por un rumbo a
contramano… y como le pasó a Mel Gibson con la película La Pasión, salvando las
abismales distancias, decidí no desistir del propósito porque a la tarea la
realizo yo pero es el Espíritu Santo es el Honorable Mentor.
Con el tiempo, después de tantos hijos de piedra y color
llegaron a este mundo Bruno y Martín, dos verdaderos ángeles carentes de toda
vanidad, ambos son discapacitados, no pueden hablar y poco comprenden lo que se
les dice, en su mundo todo ser es bueno y digno de una sonrisa, la ingenuidad
en la que viven a veces nos hace llorar y siempre nos enseña el verdadero valor
de las cosas.
Estos niños especiales nos convirtieron en padres especiales,
con el corazón en las manos, una fe inquebrantable, una esperanza monumental y
un amor que se derrama en cada obra, cada pieza de arte, cada imagen del Señor
o de la amada Madre María o de los dulces santos y bellos ángeles, todos ellos
nos ayudan en nuestro camino a la santidad –Yo sólo hago los retratos-. ¡Que todos seamos santos! SYdeV
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