EVANGELIO
“Yo soy la
verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en
mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí,
y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece
en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante;
porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera,
como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que
deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto
abundante; así seréis discípulos míos” (Jn 15, 1-8).
PERMANECER
El texto
evangélico reitera por siete veces el verbo “permanecer”, lo que reclama la
atención del lector y le hace preguntarse por qué tanta insistencia. De ello depende tener o no vida teologal,
relación con Jesús, pertenencia a su Persona, certeza de actuar en su nombre,
estabilidad creyente y cimentación segura de la propia existencia.
Si
el Evangelio exige una opción tan radical de permanecer en el Señor, no es una
exigencia injusta, pues quien ha prometido por su cuenta permanecer fiel es el
mismo Dios: “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí
mismo” (2 Tm 2, 13).
La Palabra
de Dios es fiel, cumple su encargo, no vuelve vacía: “La palabra del Señor
permanece para siempre” (1 Pe 1, 25).
Jesús compara edificar la propia existencia permaneciendo fieles a la Palabra
con quien edifica su casa sobre roca, cimiento inconmovible, a pesar de todas
las tormentas. Mientras que aquellos que construyen sobre sí mismos se
arriesgan a que todo se desmorone, se hunda y se deprima.
El apóstol san
Juan nos ayuda a un discernimiento interior sobre si se permanece o
no en Jesús: “Quien dice que
permanece en Él debe caminar como Él caminó” (1 Jn 2, 6). “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no
tropieza” (1 Jn 2, 10).
Si se quiere
tener el sello de garantía, de autenticidad y el más objetivo, el apóstol san
Pablo recomienda: Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste,
consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas
Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a
la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús (2 Tm 3, 14-15).
Los que dan fe
a la Palabra tienen el consuelo de saber que a pesar de la propia fragilidad,
gracias a la fidelidad divina, siempre es posible comenzar de nuevo y no derrumbarse por una
pérdida de autoestima, fundada únicamente en el éxito en los combates. Jesús nos promete acompañarnos e incluso
hacerlo enviándonos un Defensor. AMdeB
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