Cuando los Reyes Magos preguntan al rey Herodes dónde ha de
nacer el Mesías, lo hacen de buena fe y movidos por su santo deseo de adorar al
Dios hecho niño. Y, pese a que Herodes buscará matar al niño, por la buena
voluntad de los santos viajeros Dios hace que Herodes les proporcione una
información correcta y clara que los encamina a Belén, meta de su peregrinaje.
Dios hace que incluso un hombre malvado coopere a la santa aspiración de unos
hombres de buena fe y voluntad.
Cuando Jesús critica la hipocresía de escribas, maestros de
la ley y sacerdotes de su tiempo, nos dice: “Haced lo que ellos dicen y no lo
que ellos hacen”, con lo que también nos advierte que, aunque sean malvados,
cuando enseñan en nombre de Dios Él puede hacer que lo que digan sirva a los
hombres y mujeres de buena fe y buena voluntad: Dios puede valerse incluso de
sacerdotes no santos para mostrar el recto camino a las personas que lo buscan
sinceramente.
También es sabido que de padres buenos pueden salir hijos
malos, por el mal uso de su libertad como personas, pese haber estado rodeados
de buenos ejemplos. Y a la inversa, de padres malos pueden proceder hijos
buenos e incluso santos. Así en la historia de los santos mártires hay alguno que
fue martirizado (o martirizada) por su propio padre natural. En este último
caso se aprecia con claridad que el hijo santo no es fruto del padre malo,
aunque proceda de él, ya que dicho padre natural hace hasta todo lo imposible
para desviar a su hijo de la santidad.
En realidad, todo fruto bueno procede en última instancia de
Dios, que pide la colaboración libre de cada persona y que, supuesta ésta,
puede valerse incluso de instrumentos cuya voluntad no sea buena. Así, cuando
de un mal mediador surgen cosas buenas, debemos reflexionar que, propiamente,
el mal intermediario no tiene voluntad de que surjan esos bienes, sino que una
voluntad viciada que busca cosas torcidas. Y por ello esos resultados no son
frutos suyos, aunque a primera vista lo parezcan, sino de Dios que se sirve
hasta de sujetos maliciosos para sus santos fines, y para premiar a las
personas de buena voluntad que de otro modo serían víctimas morales inocentes
del malvado.
Sigue siendo cierto que el árbol malo da frutos malos de por
sí. Y aunque aparentemente los dé buenos no proceden de él, ya que su voluntad
no los quiere o no los quiere por sí mismos. De todas formas, sería erróneo si
vemos mala voluntad en una persona esperar buenos frutos de ella; sería
presuntuoso esperar un actuar extraordinario de Dios. Alejémonos pues de ella y
roguemos por ella, con el corazón desolado de Jesús cuando ruega por sus
perseguidores, tal como los mártires rezaban por sus verdugos.
El camino usual del actuar de Dios es que los frutos nazcan
naturalmente de la libre cooperación de una persona de buena voluntad, aunque
siempre, en último término, el buen fruto procede del Señor. Pero también es
cierto que todo coopera para el bien de las personas que buscan sinceramente a
Dios, incluso el obrar de los malvados. JGA
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