Es
sorprendente la actualidad que cobra en estos tiempos de crisis religiosa el
relato de la tempestad en el lago de Galilea. Mateo describe con rasgos
certeros la situación: los discípulos de Jesús se encuentran solos, «lejos de tierra
firme», en medio de la inseguridad del mar; la barca está «sacudida por las
olas», desbordada por fuerzas adversas; «el viento es contrario», todo se
vuelve en contra; es «noche cerrada», las tinieblas impiden ver el horizonte.
Así
viven no pocos creyentes el momento actual. No hay seguridad ni certezas
religiosas; todo se ha vuelto oscuro y dudoso. La religión está sometida a toda
clase de acusaciones y sospechas. Se habla del cristianismo como una «religión
terminal» que pertenece al pasado; se dice que estamos entrando en una «era
poscristiana» (E. Poulat). En algunos
nace el interrogante: ¿no será la religión un sueño irreal, un mito ingenuo
llamado a desaparecer? Este es el grito de los discípulos al atisbar a Jesús en
medio de la tempestad: «Es un fantasma».
La
reacción de Jesús es inmediata: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Animado por
estas palabras, Pedro hace a Jesús una petición inaudita: «Señor, si eres tú,
mándame ir a ti andando sobre el agua». No sabe si Jesús es un fantasma o
alguien real, pero quiere comprobar que se puede caminar hacia él andando, no
sobre tierra firme, sino sobre el agua, no apoyándose en argumentos seguros, sino
en la debilidad de la fe.
Así
vive el creyente su adhesión a Cristo en momentos de crisis y oscuridad. No
sabemos si Cristo es un fantasma o alguien vivo y real, resucitado por el Padre
para nuestra salvación. No tenemos argumentos científicos para comprobarlo,
pero sabemos por experiencia que se puede caminar por la vida sostenidos por la
fe en Él y en su palabra.
No
es fácil vivir de esta fe desnuda. El relato evangélico nos dice que Pedro
«sintió la fuerza del viento», «le entró miedo» y «empezó a hundirse». Es un
proceso muy conocido: fijarnos solo en la fuerza del mal, dejarnos paralizar
por el miedo y hundirnos en la desesperanza.
Pedro
reacciona y, antes de hundirse del todo, grita: «Señor, sálvame». La fe es
muchas veces un grito, una invocación, una llamada a Dios: «Señor, sálvame».
Sin saber ni cómo ni por qué, es posible entonces percibir a Cristo como una
mano tendida que sostiene nuestra fe y nos salva, al tiempo que nos dice:
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?». JAP
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