jueves, 14 de febrero de 2013

Salmo 38


Salmo 38 – Súplica de un enfermo

Este Salmo es como el estallido de una indignación largamente reprimida (vs. 3-4).
El diálogo del salmista con el Señor tiene un tono de amarga protesta, motivada por la intensidad del sufrimiento (v. 11) y por la reflexión sobre la caducidad de la vida (vs. 5-7). Sin embargo, la confianza en Dios (v. 8) y el reconocimiento de los propios pecados (vs. 9, 12) hacen que predomine, en definitiva, la actitud de humilde sometimiento a los designios del Señor (v. 10).
Podemos escuchar este salmo pronunciado por Cristo acusado, abandonado, solidario de los pecadores, en silencio ante los acusadores, partícipe de esta vida limitada v sin sentido
Pero precisamente con ello está dando sentido pleno a la vida: Dios no responde evitando la muerte, sino resucitándolo de la muerte, y así, el abandono final es el comienzo de la confianza total.
Fiado en Cristo, el cristiano puede confiar en Dios Padre.

Yo me dije: "vigilaré mi proceder, para que no se me vaya la lengua; pondré una mordaza a mi boca mientras el impío esté presente". Guardé silencio resignado, no hablé con ligereza; pero mi herida empeoró, y el corazón me ardía por dentro; pensándolo me requemaba, hasta que solté la lengua. Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años, para que comprenda lo caduco que soy". Me concediste un palmo de vida, mis días son nada ante ti; el hombre no dura más que un soplo, el hombre pasa como una sombra, por un soplo se afana, atesora sin saber para quien. Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? Tú eres mi confianza. Líbrame de mis inquietudes, no me hagas la burla de los necios. Enmudezco, no abro la boca, porque eres tú quien lo ha hecho. Aparta de mí tus golpes, que el ímpetu de tu mano me acaba. Escarmientas al hombre
castigando su culpa; como una polilla roes sus tesoros; el hombre no es más que un soplo. Escucha, Señor, mi oración, haz caso de mis gritos, no seas sordo a mi llanto; porque yo soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres. Aplácate, dame respiro, antes de que pase y no exista.

PLEGARIA DEL HOMBRE CANSADO
(…) Estoy cansado, Señor, y tú lo sabes. Sin embargo siento cierto descanso al decírtelo no como una queja, ni siquiera como una oración, si es que me entiendes, sino simplemente cómo una confidencia, una charla entre amigos, un desahogo ante alguien que me entiende y está dispuesto a escucharme con paciencia. Mi cansancio es el cansancio del caminante, y quiero sentarme sobre una piedra al borde del camino y olvidar por un momento la fatiga del caminar por el polvo y las piedras. Seguiré andando, Señor, pero déjame descansar un poco antes de volver a emprender el triste viaje. El recuerdo de que tú estás cerca me dará las fuerzas que necesito para continuar.
«Escucha, Señor, mi oración, haz caso de mis gritos, no seas sordo a mi llanto: porque yo soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres. Aplácate, dame respiro, antes de que pase y no exista».

Dios bueno, nuestro corazón arde por dentro y nuestra vida nos parece sin sentido, pero tú no respondes evitándonos la muerte, sino poniendo ante nuestros ojos la resurrección de tu Hijo: por él confiamos en ti, Padre.

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