domingo, 24 de febrero de 2013

Salmo 48


Salmo 48 – Vanidad de las riquezas

Este Salmo “didáctico” alude repetidamente al “temor” que experimentan los pobres, cuando comparan su propia miseria con la felicidad de los poderosos (vs. 6-7, 17).
Dicho temor está motivado por la aparente contradicción entre ese estado de cosas y la justicia de Dios en el gobierno del mundo (Salmo 37; 73).
Para responder a esa inquietud, el salmista recuerda que nadie podrá asegurarse la inmortalidad por medio de sus riquezas (vs. 8-10): todos los hombres son iguales ante la muerte (v. 11) y los ricos no llevarán sus bienes a la tumba (v. 18).
Además, los justos se verán libres de todo grave peligro (v. 16), mientras que un desastre final espera a los malvados (vs. 12-15).
► En este salmo didáctico-sapiencial se plantea el gran problema de la retribución en esta vida: ¿Por qué prosperan los impíos, mientras los justos llevan vida dura y miserable? Este problema es el tema central del libro de Job y de algunos otros salmos, como el 38, 72, 89 y 138. La solución está en los caminos misteriosos de la Providencia, que son inescrutables al humano entendimiento. Al hombre, por tanto, no le queda sino acatar estos misteriosos designios divinos y procurar, con todo, amoldarse a las exigencias de su Ley.
► El autor del salmo es un moralista de la escuela de los «sabios», que insiste en el hecho de que las riquezas no acompañan al impío a la otra vida. Por otra parte, tiene seguridad de que el justo triunfará sobre el impío y que Dios le premiará su virtud (v. 15) librándole del seol, o morada de los muertos (v. 16). El estilo sentencioso con que se expone el tema tiene muchas afinidades con el del libro de los Proverbios.
► El salmo puede dividirse en dos partes, cada una de ellas con dos estrofas, precedidas de un preludio (vv. 1-5). Las dos secciones del salmo (vv. 6-12 y 14-20) se cierran con un estribillo (vv. 13 y 21) que predica la caducidad de las riquezas humanas. El estilo sapiencial y sus analogías de expresión con el salmo 72 hacen pensar que el salmo 48 es de composición tardía, no anterior al siglo III antes de Cristo.

Oíd esto, todas las naciones; escuchadlo, habitantes del orbe: plebeyos y nobles, ricos y pobres; mi boca hablará sabiamente, y serán muy sensatas mis reflexiones; prestaré oído al proverbio y propondré mi problema al son de la cítara. ¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me cerquen y acechen los malvados, que confían en su opulencia y se jactan de sus inmensas riquezas, si nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate? Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa. Mirad: los sabios mueren, lo mismo que perecen los ignorantes y necios, y legan sus riquezas a extraños. El sepulcro es su morada perpetua y su casa de edad en edad, aunque hayan dado nombre a países. El hombre no perdurará en la opulencia, sino que perece como los animales. Este es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos: son un rebaño para el abismo, la muerte es su pastor, y bajan derechos a la tumba; se desvanece su figura, y el abismo es su casa. Pero a mí, Dios me salva, me saca de las garras del abismo  y me lleva consigo. No te preocupes si se enriquece un hombre  y aumenta el fasto de su casa: cuando muera, no se llevará nada, su fasto no bajará con él. Aunque en vida se felicitaba: "Ponderan lo que lo pasas", irá a reunirse con sus antepasados, que no verán nunca la luz. El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece.

El salmo 48 es un poema sapiencial sobre la vanidad de las riquezas y la brevedad de la vida. Al final de la jornada, escuchar atentamente estas reflexiones de un sabio puede centrar nuestro espíritu, excesivamente turbado quizá por los quehaceres y preocupaciones de la jornada.
Ha pasado ya un nuevo día de nuestra vida, y como él terminará también nuestro vivir en la tierra. ¿Por qué, pues, temer tanto ante males que sólo duran un instante? ¿Por qué habré de temer los días aciagos?, se pregunta el salmista; y ¿por qué esperar tanto de nosotros mismos y desesperar ante nuestros fracasos, si nadie puede salvarse a sí mismo?
Pero la sabiduría a que nos exhorta el salmista no es una sabiduría sólo negativa. Los días aciagos terminarán, como termina la vida terrena de los sabios y de los ignorantes y como desaparecerán un día las riquezas y todos los planes de los hombres satisfechos y confiados en sí mismos. Pero hay una salvación que no desaparecerá -que el salmista sólo entrevé, pero que nosotros conocemos ya totalmente por la revelación de Jesucristo-, porque, si bien es verdad que el hombre de por sí es como un animal que perece, que irá a reunirse en el sepulcro con sus antepasados, este mismo hombre será salvado por Dios de las garras del Abismo y el Señor le llevará consigo. Ésta es la esperanza cristiana, capaz de superar todo pesimismo humano.

Dios salvador nuestro, que nuestra oración llegue a todos los hombres: a los que confían en la opulencia, a los que se jactan de sus inmensas riquezas, a los sabios, a los que ignorantes y a los necios; porque sólo se salva de la opresión de sí mismo quien confía en ti.

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