La vida es un
camino. Cada uno escoge hacia dónde dirige sus pasos. La mirada y el corazón
recuerdan continuamente la meta. Para el cristiano, la meta es Jesús. Por eso
tenemos los ojos puestos en Él, junto a tantos hombres y mujeres que nos
acompañan.
Sentimos, sin
embargo, un peso que nos impide volar. Tentaciones y pecados, luchas y
derrotas, tristezas y desalientos. El enemigo espera que las tinieblas
oscurezcan la certeza del cielo que nos espera. Desea que nuestro corazón
sucumba ante la fuerza del viento. Quiere que apartemos la mirada de la meta.
Hay que sacudir
toda somnolencia y abrir los ojos. Las nubes, ciertamente, impiden ver la luz
del sol, pero no destruyen en el corazón del creyente la certeza de la fe. Más
allá de la tormenta, por encima de las dificultades, la mirada sigue puesta en
Jesús. Hay que seguir en la lucha. Cada día nos acerca a la victoria. La fuerza
nos llega cuando bebemos del agua espiritual y cuando estamos fundados en la
Roca verdadera, la que nunca falla: Jesús y la paz llega a lo más íntimo del
alma. Seguimos en camino, con la certeza de que “quien inició en ustedes la buena obra, la irá consumando hasta el día
de Cristo Jesús” (Flp 1,6).
Por lo tanto
tener la mirada puesta en Jesús, significa seguir su Palabra que él nos ha
dejado a través de las Escrituras. Siendo obedientes, en no dejarnos llevar por
las cosas que no provienen de Dios, y que a pesar de las dificultades confiemos
en que con nuestros ojos puestos en Jesús será más fácil nuestro camino. Ya que
muchas veces nuestra mente y corazón, tienden a dudar de lo que Dios puede
hacer, las circunstancias por las que en ocasiones atravesamos nos hacen caer
en un estado de incredulidad porque no vemos la respuesta rápida de Dios en
nuestra vida. O quizás porque se nos hacen largos los procesos.
Pero nuestra
mirada y corazón deben estar firmes, que a pesar de que pasemos por muchos
obstáculos, Jesús es nuestro respaldo y no debemos dudar de nuestra identidad
como hijos. Debemos reconocer que hemos sido llamados por Dios y los dones y
llamamientos son irrevocables, Dios no ha cambiado eso; porque quizás en
ocasiones pensamos que el llamamiento no ha sido para nosotros, y de allí
surgen una cantidad de dudas e inquietudes, que no tienen absolutamente nada
que ver con el plan que Dios tiene, entonces esos pensamientos empezaran a
desenfocarnos del propósito que Dios tiene para con nuestras vidas.
Enfoquémonos en
Dios que nos llamó y que nos ama, no dejes que la bendición que era para otro
te distraiga, no tenemos que llenarnos de malestar o envidia por lo que veamos
a nuestro alrededor, porque eso era para ‘ella’ o para ‘él’, y lo que es para
ti, llegará. FSG
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