Ya
desde la revelación en el monte Sinaí (Éxodo
20,1-21) y en el monte Horeb (Deuteronomio
5,1-22), Yahvé manda no postrarse ante imágenes y esculturas, ni codiciar
la mujer de tu prójimo… ni su sierva… ni nada que sea de tu prójimo.
Entre
las enseñanzas del antiguo testamento está que la impureza causada por flujo se
da tanto si el cuerpo deja destilar el flujo como si lo retiene, es impuro (Levítico 15,3). También el adulterio
fue castigado severamente con la muerte de los dos adúlteros (Levítico 20,10). Incluso Yahvé mandó
excluir de su presencia a los que en estado de impureza se acercan a las cosas
sagradas que los israelitas consagran a Yahvé (Levítico 22,3).
Este
mandamiento, como todos los demás, no es superior a tus fuerzas, ni está fuera
de tu alcance (Deuteronomio 30,11).
Como enseña San Pablo, Dios no permitirá que seáis tentados sobre vuestras
fuerzas (I Corintios 10,13). Y pronto
llega la promesa: si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios que te manda
hoy, amando a Yahvé tu Dios, siguiendo sus caminos y guardando sus
mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás (Deuteronomio 30,16).
Una
causa es que el hombre ve las apariencias, pero Yahvé ve el corazón (I Samuel 16,7). Y es un consejo bíblico
no dar vuestras hijas a hijos de impureza, ni tomar sus hijas para vuestros
hijos (Esdras 9,10-12).
Distintos
Salmos (18,21-25; 24,3-4; 51,12; 63,4;
119,11) nos hacen ver que Yahvé recompensa la rectitud, retribuye la pureza
de mis manos, Dios es puro con el puro y sagaz con el ladino, que el de manos
limpias y puro corazón que no suspira por los ídolos ni jura con engaño subirá
al monte de Yahvé y podrá estar en su santo recinto, que la gracia y el amor de
Dios es mejor que la vida, y que en el corazón guardamos la promesa para no
pecar contra Dios.
Los
libros sapienciales aconsejan por encima de todo vigilar tu corazón, porque de
él brota la vida (Proverbios 4,23),
que vale más ser hombre paciente que valiente, que es mejor dominarse que conquistar
ciudades (Proverbios 16,32), que toda
obra será juzgada por Dios, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo (Eclesiastés 12,14), entre otras muchas
más enseñanzas como no dejarte arrastrar por tus pasiones, que la sensualidad y
la lujuria no se apoderen de mí, que Dios no me deje caer en pasiones
vergonzosas, que en todas tus obras seas dueño de ti mismo no dejando manchar
tu reputación, y que apartes tus faltas, corrijas tus acciones, y purifiques tu
corazón de todo pecado (Eclesiástico
18,30-32; 23,6; 33,23; 38,10).
Los
profetas advierten de que según tu conducta y tus obras te juzgarán (Ezequiel 24,13-14), que de todas las
impurezas y de todas las basuras seremos purificados (Ezequiel 36,25), y que a disposición de la casa de David y de los habitantes
de Jerusalén habrá una fuente para lavar el pecado y la impureza (Zacarías 13,1), como tenemos en los
sacramentos del bautismo y en la confesión de los pecados por voluntad expresa
de Jesús resucitado.
Jesucristo
enseñó que son bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios (Mateo 5,8), indicó que del
corazón de los hombres salen las intenciones malas, como las fornicaciones (Mateo 15,19; Marcos 7,15.20-23), señaló
que el repudio a la mujer, excepto en caso de impureza, la hace ser adúltera, y
que el que se case con una repudiada, comete adulterio (Mateo 5,32; 19,6.9; Marcos 10,11-12; Lucas 16,18).
Jesucristo
nos dio también el remedio al pecado: “velad y orad, para que no caigáis en la
tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Marcos 14,38), y nos avisa de que
debemos cuidar que no se emboten nuestros corazones por el libertinaje, por la
embriaguez y por las preocupaciones de la vida (Lucas 21,34).
San
Pedro aconsejó que seamos sobrios y velemos, pues nuestro adversario, el
diablo, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar; debemos resistirle
firmes en la fe, sabiendo que nuestros hermanos que están en el mundo soportan
los mismos sufrimientos (I Pedro 5,8-9),
y San Pablo aconsejó a los gentiles adheridos a la fe que se alejen de la
fornicación, que cada uno sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no
dominado por la pasión… pues no nos llamó Dios a la impureza sino a la
santidad… el que desprecia esto, no desprecia a un hombre, sino a Dios (I Tesalonicenses 4,3-5.7-8). MRE
No hay comentarios.:
Publicar un comentario