El hambre de pan y el hambre de
Dios
“Danos hoy
nuestro pan de cada día” – Jesús nos enseñó a dirigir así nuestra oración al
Padre celestial (cf Mt 6,9-13; Lc 11,1-4).
La comida básica de los pueblos antiguos, como la comunidad judía, era el pan
como alimento principal. Por eso el acto común de recibir la propia comida se
indicaba con la expresión “comer pan” (Gn
37,25). Así se expresa la sentencia a nuestros primeros padres, después del
pecado: “Comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3,19) para subrayar la fatiga que acompaña el trabajo
cotidiano. La importancia del alimento primordial queda reflejada al dirigirse
a Dios ya que “él da el pan a todo viviente” (Sal 136,25), ya que quien carece de pan, le falta todo (cf Am 4,6; Gn 28,29).
El hambre –por
la necesidad del pan– es característica en la experiencia del pueblo de Dios en
su recorrido por el desierto: “Recuerda todo el camino que el Señor tu Dios te
ha hecho recorrer durante cuarenta años por el desierto, para afligirte,
probarte y conocer lo que hay en tu corazón: Si observas sus preceptos o no. Él
te afligió, haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná” (Dt 8,23). Esta difícil e inolvidable prueba
que pasaron los israelitas hace comprender la expresión profética que señala el
sentido más profundo del ‘hambre de Dios’: “Vienen días en que enviaré hambre
al país: No hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la palabra de Dios”
(Am 8,11).
Junto con la
experiencia inolvidable del paso por el mar Rojo, el maná en el desierto para
satisfacer el hambre del pueblo elegido tiene un valor incomparable. En efecto,
el maná es calificado como ‘trigo de los cielos’, ‘pan de los fuertes’ (Sal 78,24), ‘manjar de los ángeles’ (Sab 16,20) y, a su vez, es visto como
símbolo de la ‘palabra de Dios’ (cf Dt
8,3; Is 55,2-11), de las ‘enseñanzas de la sabiduría’ (Prov 9,5) y de la misma ‘sabiduría’ (cf Eclo 15,3; 24,18-20).
Por otra parte,
la sabiduría es una característica de los pobres ‘de hecho’ y ‘de espíritu’, a
los que Jesús proclama como ‘bienaventurados’, incluso calificados como
dichosos por tal hambre, ya que anhelan la justicia (Mt 5,6). Resuena además la respuesta de Jesús a la primera
tentación en el desierto: “No sólo de pan vive el ser humano, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios” (Mt
4,4; Lc 4,4; Dt 8,3).
Al respecto, el
apóstol Santiago deja en claro la actitud de verdadera convivencia fraternal,
en actitud coherente: “¿De qué sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe,
si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o hermana andan
desnudos y faltos de alimentos y uno de ustedes le dice: ‘Vayan en paz,
abríguense y coman muy bien’, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de
qué sirve? Así también la fe si no tiene obras está muerta por dentro” (St 2,14-17). Compartir el pan con el
que no tiene es una obra de misericordia corporal, pero es algo elemental en la
coherencia de la fe y la participación en la eucaristía.
Todos sentimos
hambre todos los días y tratamos de satisfacerla al menos tres veces. La
recomendación común de los nutriólogos es: “Desayuna como rey, come como un
plebeyo y cena como un mendigo”, para indicarnos que tengamos en cuenta que el
mayor consumo de energías se da durante el día, sobre todo en el transcurso de
la mañana, y desde luego al prepararnos a dormir debemos bajar la dosis de
alimento. Sin embargo, la realidad de los que pasan hambre es muy fuerte y
penosa, ya que la sienten varias veces al día y con frecuencia no la satisfacen
totalmente.
Cristo enuncia
nuevamente esta primera obra corporal de misericordia con el firme propósito de
que ninguno tenga que desear comer de las migajas que caen de la mesa de los
más ricos, como le sucedió al pobre Lázaro (cf
Lc 16,19-31). Así aprendemos a compartir todo lo que somos y tenemos con
nuestros hermanos que pasan hambre. JRPC
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