Pasan
los minutos, las horas, y seguimos sin electricidad.
Sabemos
que el agua, la luz, la nevera, el microondas, el cargador del móvil, y tantos
otros objetos dependen de que la electricidad llegue puntualmente a casa.
Pero
cuando no llega, percibimos vivamente su importancia. No podemos encender la
lámpara, no podemos lavar ropa, no hay agua corriente para limpiarse bien las
manos...
¿Qué
hacemos? No es posible usar un ventilador si estamos en verano. No funciona un
radiador si estamos en invierno.
Incluso
la omnipresente televisión está callada: los minutos y las horas pasan a un
ritmo diferente.
Cuando,
por fin, llega la luz, sentimos un gran alivio: la vida vuelve a la normalidad.
Podemos hacer de nuevo lo que hacemos cada día.
Unas
horas (ojalá no sean unos días: se estropearía la comida en el refrigerador)
sin electricidad pueden convertirse en un momento para reconocer el importante
trabajo de quienes han planeado y puesto en marcha enormes sistemas para que la
gente tenga esa imprescindible ayuda.
También
pueden ser una ocasión para darnos cuenta de lo frágil que es todo lo humano.
Basta con imaginar cómo nos resultaría muy difícil vivir con el móvil
descargado...
La
pantalla está encendida. El ventilador vuelve a girar. La nevera nos ofrecerá
unas botellas frías.
Vale
la pena no acostumbrarnos a esa ayuda humilde, cotidiana, que tanto necesitamos
en nuestro mundo: esa electricidad, que es uno, entre otros muchos, de los
dones de Dios; y que es también el resultado del esfuerzo y del ingenio del
hombre... FP
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