Laico, 10 de Mayo
Martirologio Romano: En la ciudad de Zagreb, en Croacia, beato Iván Merz, que, dedicado al estudio de las letras y a la enseñanza, dio a los jóvenes el ejemplo de un maestro fiel a Cristo y de un laico creyente entregado al bien de la sociedad (1928).
Beatificado: El 22 de Junio de 2003 por S.S. Juan Pablo
II.
Nació en Banja Luka
el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro,
en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente
multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de
primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe
heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). Por voluntad de sus padres,
y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó
después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició
los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder
dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el
ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda
gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.
En marzo de 1916
tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó
la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial
se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del
nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar
espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo,
poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la
perfección cristiana.
Se puede seguir su
desarrollo espiritual gracias a su diario íntimo, que comenzó a escribir
durante sus estudios de secundaria y prosiguió en el ejército, en el frente y
durante los estudios universitarios. En él se aprecia que su santidad no fue
fácil, que tuvo que luchar mucho por su ideal. Lo atormentaba el problema del amor
y luego el del dolor y la muerte, que resolvía a la luz de la fe.
“No tengo la santa
Eucaristía -escribe el 9 de septiembre de 1917-. Vivo aquí como un pagano o una
fiera, como si el Agnus no fuera ya el centro del cosmos, como si no existiera
para nada. Dios Consolador, ven a compenetrar mi naturaleza con átomos de
eternidad, para que, más semejante a ti, comprenda el curso de mi existencia”.
El 5 de febrero de
1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse
de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba,
dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o
durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la
jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia
para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me
produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el
espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del
Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo”.
Después de la
primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena
(1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el
Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre “la influencia de la
liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días”,
obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el
resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana
en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus
deberes de estado.
Colaboró como
apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y
luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en
Croacia la Acción católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la
Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la
santidad. Con ese fin debía servir también para la renovación litúrgica, de la
que fue uno de los primeros promotores en Croacia, anticipando cuatro décadas
las directrices del concilio ecuménico Vaticano II en esa materia. En su
trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que
afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en
la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, “con su mente y su corazón
se hallaba inmerso en lo sobrenatural”.
Convencido de que el
medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al
Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus
actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven
vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de
edad, con fama de santidad.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario