—¿Y qué hacer, entonces, cuando aparecen
dudas?
Es
natural que a veces se presenten dudas. Eso no es perder la fe, pues se puede
conservar la fe mientras se profundiza en la resolución de esas dudas. Es más,
en muchos casos la duda abre la puerta a la reflexión y a la profundización,
para así alcanzar una fe más madura. Y en ese sentido puede incluso resultar
muy positiva.
Es
preciso buscar respuesta a las dudas, a esas aparentes contradicciones, aunque
no siempre se llegue a comprender todo enseguida. La fe -explicaba Joseph
Ratzinger en 1997- no elimina las preguntas; es más, un creyente que no se
hiciera preguntas acabaría encorsetándose.
Por
otra parte, aunque sea cierto que el creyente puede sentirse amenazado por la
duda, hay que recordar que tampoco el no creyente vive una existencia cerrada a
la duda. Incluso aquel que se comporte como un ateo total, que ha logrado
acallar casi por completo la llamada de lo sobrenatural, siempre sentirá la
misteriosa inseguridad de si su ateísmo será un engaño.
El
creyente puede sentirse amenazado por la incredulidad, pero quien pretenda
eludir esa incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la
incredulidad, que no puede negar de manera definitiva que la fe sea verdadera.
Al ateo y al agnóstico siempre les acuciará la duda de si la fe no será real.
Nadie puede sustraerse a ese dilema humano.
La
duda debe llevarnos a profundizar. “Si te asalta el pensamiento -decía Tolstoi-
de que todo cuanto has imaginado sobre Dios es falso y equivocado y que Dios no
existe, no te sobresaltes por eso. Pero no creas que tu incredulidad procede de
que Dios no existe. Quizá en tu fe había algo equivocado y tienes que
esforzarte en comprender mejor eso que llamas Dios. Cuando un salvaje deja de
creer en su dios de madera, eso no significa que no hay Dios, sino que el verdadero
Dios no es de madera”. AA
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